Punto de Fisión

Miriam Gutiérrez: cuando perder es reinar

Lo que sucedió la noche del sábado al domingo en el Wembley Arena de Londres en el combate entre Katie Taylor y Miriam Gutiérrez se puede contar de varias maneras; una de ellas sería la crónica de una pelea que la irlandesa Katie Taylor dominó de principio a fin y donde la española exhibió el coraje y la bravura que hacen que algunas derrotas traigan un aroma a victoria. También puede decirse que era una noche histórica para el boxeo español, una noche en la que Gutiérrez, "La Reina", intentaba un reto casi imposible y nunca antes visto en nuestros lares: cuatro cinturones del peso ligero en posesión de una gladiadora implacable, Katie Taylor, que los había ganado uno tras otro y que subía a la lona con una marca inmaculada de 17 victorias. "Hemos peleado con la mejor boxeadora de la actualidad, quizá la mejor en la historia del boxeo femenino", dice su entrenador, Jero García, lleno de orgullo. Días antes del combate había explicado que necesitaban que Taylor tuviera un mal día y que Gutiérrez rindiera al máximo de su capacidad.

Enfrentarse a Taylor ya era un sueño, pero ganarla iba mucho más allá, por eso la plegaria de Jero empezó cabeza abajo, con la irlandesa lanzada en tromba desde el primer asalto, dispuesta a terminar la pelea por la vía rápida, y la española rígida, lenta, fuera de distancia, tal vez agarrotada por la responsabilidad. En los primeros asaltos se tragó golpes terribles, un gancho a la cabeza al comienzo del tercero que la hizo flaquear, y un uno-dos fulgurante al final del cuarto que la tiró a la lona. A partir de ahí empezó la verdadera pelea, la de una resistencia numantina que evocaba otro combate histórico: la gloriosa derrota de Poli Díaz contra Pernell Whitaker en Norfolk tantos años atrás. "Te permitimos caer, pero no dejamos que no te levantes" es el lema de la Escuela de Jero. Caer para volver a levantarse, ése es el secreto del boxeo. O como dijo Tennyson en el Ulysses: "Luchar, buscar, hallar y nunca rendirse".

Porque hay, al menos, otra manera de hablar de este combate, igual que había otra pelea dentro de esta pelea: la que Miriam Gutiérrez lleva entablando desde hace años en su interior, al rehacer su vida después de una brutal experiencia de malos tratos, al atreverse a plantar cara a su marido embarazada de ocho meses, tras una paliza que provocó el nacimiento de su hija. Fue al mirar a los ojos a su pequeña cuando Gutiérrez dijo basta, se atrevió a poner una denuncia en la comisaría y se alejó de él. Desde entonces, no sólo ha rehecho su vida sino que colabora desde la Fundación Jero García a ayudar a mujeres víctimas de malos tratos y a niños que sufren acoso escolar hasta aceptar el cargo de concejala de la Mujer en Torrejón de Ardoz.

Caída en la lona al término del cuarto asalto, Gutiérrez comprendió que ese combate agónico contra Katie Taylor era de algún modo el emblema de su propia vida, que tenía que levantarse para que el mundo entero, pendiente de la pelea, supiera que jamás iba a tirar la toalla, que seguía en pie. Muy superior en técnica y rapidez, la campeona no aflojó el ritmo ni la tensión un solo momento, hasta la campana final, pero Gutiérrez ya estaba tirando de coraje, de agallas, de corazón. "Es muy grande, es muy dura" dijo conmovida Taylor tras la pelea. En el momento en que le entregó los cinturones y se inclinó para saludarla, humilde y sonriente, Miriam Gutiérrez demostró por qué al boxeo lo llaman "el noble arte". Después de trece victorias por K.O. era la primera derrota de la mujer que pudo reinar.