Punto de Fisión

Los pijos y el moño de Pablo Iglesias

La semana pasada el diario El Mundo abrió un nuevo frente del periodismo político al publicar un reportaje sobre Díaz Ayuso en que especificaba que la presidenta de la Comunidad de Madrid se vestía y peinaba ella sola, sin ayuda de nadie. A raíz de las últimas y penúltimas declaraciones de Ayuso, el reportaje podía leerse como un acto de desagravio, un contrapunto a aquellas otras declaraciones de Ana Mato, cuando dijo que el mejor momento del día era por la mañana, cuando veía cómo la criada vestía a los niños.

El pijus magnificus pepeniensis es un espécimen que ha evolucionado hasta el punto de ser capaz de ponerse los pantalones por los pies y de aprender a aporrear una cacerola sin necesidad de mayordomo: otro de los grandes éxitos de la lucha contra la pandemia. Lo que no sé si citaba el reportaje de El Mundo es que el novio de Ayuso es estilista y peluquero, lo cual apunta un doble mérito: no ya peinarse ella sola, sino prescindir del hombre en un momento tan delicado para una mujer. Es impresionante la labor en pro del feminismo de estas publicaciones. Las cuales, de paso, han ampliado el refranero español: en casa del peluquero, cabeza de Ayuso.

A mí me conmueven desde siempre los esfuerzos de los niños de papá para presentarse como seres humanos normales, criaturas corrientes y molientes de andar por casa, sin las limitaciones impuestas por los chalés de tres plantas y los privilegios de clase, esos estorbos de dinero, educación, lujo y etiqueta que son una lata, como el instinto arácnido y la elasticidad para Spiderman. Los pijos sueñan con llevar una vida normal, igual que Superman disfrazado detrás de las gafas de Clark Kent, una existencia de peatón digna y anónima, libre de las exigencias de clase, la billetera de la familia, los auxilios del Opus Dei y los contactos de mamá y del tío Emilio. Porque un pijo siempre será él y sus circunstancias.

En la mili -ese laboratorio sociológico que Abascal se perdió por culpa de su afición a los estudios- conocí al vástago de uno de los grandes apellidos del país, un tipo que me envidiaba la suerte de haber nacido pobre y haber crecido en uno de los barrios más desfavorecidos de Madrid; no como él, que tuvo la desgracia de estudiar en los mejores colegios de la capital y de ir a veranear a Chamonix. Entre las motos, las estaciones de esquí y los palacetes con piscina no tuvo tiempo ni oportunidad de curtirse el carácter: menos mal que su padre era amigo íntimo del general en jefe de la Región Militar Pirenaica Occidental. Cuya capital es Burgos, a mí que me registren.

Ayuso no es exactamente una niña de papá, pero los pijos capitalinos la han adoptado como tal, no se sabe muy bien por qué, quizá por su estilismo, quizá por su intelecto, quizá por su currículum de monólogo interior de Snoopy. Un intento del que Pablo Iglesias no ha salido muy bien parado, a pesar de que sabe hacerse el moño él solo y de que, traicionando su pasado vallecano, se ha comprado un casoplón en la sierra. Lo del moño en particular fue visto como un intrusismo imperdonable, un patético experimento para borrar la coleta. La propia Ayuso dio una cátedra al respecto la semana pasada, al explicar que la ley es igual para todos, sí, pero no vaya usted a creerse que por eso es usted igual que el rey Juan Carlos. Otro pobre niño de papá que lleva toda su vida intentando ser normal y las circunstancias no le dejan.