Punto de Fisión

Destripando mujeres

Durante cinco años, entre 1975 y 1980, los años del terror en los que el Destripador de Yorkshire asesinó y mutiló a trece mujeres, la policía británica se empeñó en la mayor cacería humana de la historia reciente, una investigación babélica que implicó a miles de efectivos, durante la que se realizaron más de cuarenta y nueve mil entrevistas y en la que se revisaron alrededor de doscientas mil matrículas de vehículos. También se financió una campaña multimillonaria en la que se hicieron públicas una supuesta grabación del Destripador enviada a la policía junto con una carta con una muestra de su caligrafía. Se pidió a la población de todo el país que colaborase con las fuerzas del orden por si reconocían la voz o la letra, con lo que la avalancha de llamadas desbordó todas las previsiones.

La información acumulada era tan exhaustiva que los archivos en los que se guardaban los resultados de las pesquisas amenazaron con hundir los cimientos y los ingenieros tuvieron que reforzar la estructura con vigas supletorias. A pesar de todos esos esfuerzos, finalmente, el asesino fue detenido por pura casualidad, el 2 de enero de 1981, gracias a los reflejos de un par de agentes a los que les llamó la atención un coche mal aparcado, con matrículas falsas colocadas encima de las auténticas. En el interior estaban un hombre y una mujer, y al llevarlo a la comisaría para tomarle los datos, repararon en el parecido que tenía el sujeto con el único retrato robot del asesino. La mujer salvó la vida de milagro. Sin embargo, lo verdaderamente asombroso de esta historia es la ceguera con que la policía, las autoridades, los psiquiatras forenses y la prensa desdeñaron todas las pistas posibles para facilitar la labor del asesino.

Todo esto y mucho más es lo que ofrece, durante casi cuatro horas en las que no sobra un minuto, The Ripper, el modélico documental de Netflix dedicado no tanto a la figura de Peter Sutcliffe como a la de sus víctimas, las pobres mujeres a quienes mató, y a la alucinante atmósfera de machismo, misoginia y miseria moral y social que propició los crímenes. No es casualidad que hayan sido dos mujeres, Jesse Vile y Ellena Wood, las encargadas de levantar este impresionante retrato de una época donde las fuerzas policiales, los criminólogos y los periodistas se estrellaron contra un enigma sanguinario por su incapacidad para oír a las víctimas y su resistencia a no quitarse la venda de los ojos.

Los policías buscaban una especie de doble de Jack the Ripper, una fotocopia del más célebre asesino de la historia, y lo hacían amparados en la creencia de que -al igual que el mítico Jack- el Destripador de Yorkshire se creía una especie de vengador justiciero que quería limpiar las calles de prostitutas. No comprendían que la mayoría de las mujeres a las que mató ni siquiera eran prostitutas, sino madres solteras o jóvenes solitarias, de manera que las advertencias constantes acerca del peligro de las mujeres que salían sin compañía de noche no hacían sino reforzar el mensaje que el criminal estaba lanzando a cuchilladas. Las feministas argumentaban que la vesania del asesino contra las prostitutas no sólo se extendía a todo el género femenino sino que era una manifestación, llevada al extremo, de la cultura machista imperante, una intensificación de los tabúes misóginos ocultos en el tuétano de nuestra civilización. En cierto modo, al igual que en el poema que Jack envió a Scotland Yard envolviendo un riñón humano, Sutcliffe podía considerarse a sí mismo "un pilar de la sociedad". Hasta el punto de que, en 1977, cuando apareció el cuerpo de la quinta mujer, Jayne MacDonald, una muchacha de 16 años, algunos periódicos británicos abrieron con el titular de que se trataba de la primera víctima "inocente" del Destripador. Inocente, como si las cuatro anteriores fuesen culpables.

Para colmo, no había una sola mujer en el puente de mando, ni una sola mujer que pudiera señalar los errores de método, alterar los protocolos de actuación y cuestionar la estrategia elegida. La policía no tuvo en cuenta el testimonio de varias víctimas que habían sobrevivido a los ataques porque no encajaban con el perfil de prostitutas que era la línea maestra de la investigación. De haberlo hecho, seguramente se habrían salvado muchas vidas. En realidad, buscaban un asesino de putas no sólo por su fascinación hacia el más celebre homicida de la historia, sino porque la misma policía permanecía inmersa en una cultura patriarcal que considera a las mujeres putas. Buscaban un monstruo infernal por qué no podían concebir que el monstruo que perseguían era un hombre como ellos, un simple camionero. Sólo después de haberlo capturado, repasaron los archivos y comprendieron que ya habían entrevistado a Sutcliffe nueve veces.

Al atavismo sexual hay que sumar el lastre de la brutal crisis económica, el cierre de fábricas y el desmantelamiento industrial que había obligado a multitud de mujeres a hacer la calle para llevar algo de comida a casa. En su magnífico estudio sobre Jack the Ripper en La vuelta al día en 80 mundos, Julio Cortázar apunta que lo verdaderamente intolerable de los crímenes de Jack -esas cuatro pobres rameras destripadas en las calles de Whitechapel- reside en el hecho de que en el Londres victoriano, la mayor y más civilizada urbe del planeta, "las condiciones de vida eran tan monstruosas que el número de prostitutas pasaba de ochenta mil". La onda expansiva de los crímenes del Destripador de Yorkshire se materializó en una oleada de violadores, acosadores e imitadores que azotó Gran Bretaña durante años. Hace un mes, el pasado 13 de noviembre, murió de coronavirus Peter Sutcliffe en el hospital universitario de North Durham, a los 74 años. Su leyenda, por desgracia, aún perdura.