Punto de Fisión

Fusilar por costumbre en Navidad

Uno de los corolarios de la Ley de Murphy asegura que cualquier situación, por mala que sea, es susceptible de empeorar. Lo más terrible de todo es que el ser humano se termina acostumbrando a casi todo, ya sea una guerra, un confinamiento de meses o un campo de concentración. Hay reclusos que se habitúan a las privaciones y castigos de la cárcel hasta el extremo de que el día que los ponen en libertad atracan una gasolinera con la esperanza de volver al consolador refugio de las rejas. O se ahorcan de una viga, igual que Brooks Hatlen, el preso institucionalizado de Cadena perpetua, que le pedía permiso al encargado del supermercado para ir al servicio porque no acababa de hacerse a la idea de estar libre. Se ve que podía acostumbrarse a todo excepto a la vida.

Escribe Bioy Casares que existe un infierno exclusivo para pedantes y sentimentales que consiste en un enorme palacio sin ventanas donde deambulan los condenados: allí, hastiados y perdidos, nunca falta el idiota que comenta que el tormento moral es mucho peor que el físico, lo que da la señal para que unos demonios los arrojen a un mar de fuego eterno. Sin embargo, después de diez mil años, hasta una quemadura infinita y perpetua debe de resultar más aburrida que otra cosa.

En efecto, a todo se acostumbra uno y si en los primeros días después de declararse la pandemia, la cantidad de víctimas nos parecía intolerable, hoy leemos que se ha alcanzado la cifra récord de fallecidos en el mundo, quince mil en un solo día, y nos parece incluso normal. De repente, la mortandad se ceba con Alemania, que antes era un ejemplo de perfecta gestión de la pandemia, y lo más raro de todo es que ni Abascal ni Casado le echen la culpa a la coalición comunistarra de Sánchez e Iglesias por haber exportado sus sutiles métodos de eutanasia al centro de Europa. No vamos a acostumbrarnos al covid-19, si nos hemos acostumbrado a Vox.

De manera que nos preparamos para unas navidades en reclusión, a medio gas, y nos preguntamos, lo mismo que cada año por estas fechas, cómo diablos hará el rey para sortear los charcos monárquicos y militares durante el discurso de Nochebuena. Más que acostumbrados, estamos resignados ya a los borbones, esa unidad de destino en lo nacional, pero esta noche habrá turrón del duro, cuando Felipe VI pase de puntillas sobre los chanchullos legales de su padre y más aun sobre el proyecto de fusilar a 26 millones de españoles, una felicitación navideña enviada por un grupo de generales jubilados. Una pena, porque ambos son temas para disertar largo y tendido desde un sillón de la Zarzuela.

Lo de fusilar españoles es una costumbre muy de aquí, casi un hábito compulsivo de los militares españoles, que los dejan solos, se ponen a chatear entre ellos y terminan inaugurando un paredón que ríete tú de la Gran Muralla China. Al fin y al cabo los españoles ya estamos más que acostumbrados a que la justicia del país se cruce de brazos con estos chistes negros acerca de fusilamientos masivos y golpes de estado mientras pierde el culo detrás de humoristas y raperos. Ahora acabamos de enterarnos de que en otra herriko taberna telefónica donde abundan los fanáticos del genocidio tres estrellas se han cabreado mucho porque un topo había filtrado sus planes de la señorita Pepis para derrocar al gobierno comunista y dar matarile a 26 millones de hijos de puta. Lo más gracioso es que lo hemos descubierto gracias a otro topo. Deberían irse acostumbrando, pobrecillos.