Punto de Fisión

Ayuso y Almeida en el Café Gijón

Ayuso y Almeida se reunieron ayer lunes en el Café Gijón para mantener un almuerzo de trabajo y hacer balance anual. No estoy seguro si la noticia es verdad, porque se publicó el mismo día, 28 de diciembre: podría serlo, aunque tiene todos los visos de una inocentada. Los términos "trabajo", "balance", "Ayuso" y "Almeida" difícilmente pueden ir juntos, más aun en el Café Gijón, antaño centro literario y artístico de la capital, el lugar donde Ruano iba a escribir su artículo, Valle-Inclán a enseñar la barba y Cela a repartir bofetadas. Gerardo Diego montó a su alrededor una tertulia que se hizo célebre y muchos años después Umbral escribió que el Café Gijón era el rompecabezas de la nación, el único sitio donde se había logrado "la reconciliación de las dos Españas en torno a una jarra de agua".

A reconciliarse fueron también, por lo que parece, Ayuso y Almeida, las dos A mayúsculas del PP madrileño que andan a la gresca por ver cuál de los dos se lleva el gato al agua. Habría sido magnífico disponer de uno de esos videos al estilo First Dates, con Ayuso y Almeida montando su propia tertulia literaria a base de onomatopeyas de ladridos y loas de Notre-Dame en detrimento de la selva amazónica, con Pablo Casado impartiendo los consejos paternales de Carlos Sobera. El Café Gijón, que empezó su andadura con tertulianos de la talla de Ramón y Cajal o Canalejas, ha alcanzado el clímax amoroso con este encuentro en la cumbre del que podría decirse lo mismo de aquel subalterno que le preguntaba a Belmonte cómo es que un antiguo banderillero de la cuadrilla podía haber llegado a gobernador civil: "Ya ve usted: degenerando".

Como es habitual en la política española, los líderes del PP madrileño llevan lanzándose puñaladas traperas desde aquellos lejanos tiempos en que rebañaron el poder gracias a los votos comprados del tamayazo. Aguirre y Gallardón mantenían una relación en B, un idilio secreto muy parecido al de Angelina Jolie y Brad Pitt en aquella película en que ambos eran asesinos a sueldo empeñados en llevarse el trabajo a casa y que finalmente desembocó en un sonado divorcio en la vida real. Ayuso y Almeida todavía no llegan a las manos ni a los navajazos, pero aprovecharon el abrazo para colocarse sendos muñequitos a la espalda.

La carrera por el liderazgo entre Ayuso y Almeida consiste en una competición poética para dirimir cuál de los dos dice o hace la burrada más gorda, una costumbre del PP que entusiasma a los votantes madrileños y que enlaza con la gloriosa tradición surrealista que empujó a Dalí a cazar moscas por el interior del Café Gijón para estamparlas luego en un papel a guisa de acuarela. Ayuso lleva mucha ventaja, de pensamiento, palabra, obra y omisión, con la rotunda obra maestra del hospital Isabel Zendal batiendo récords de velocidad, inauguración, sobrecoste, accidentes laborales e inutilidad absoluta. Sin embargo, no hay que olvidar que Almeida cuenta con Ángel Carromero, el chófer que decapitó él solito a la oposición cubana, como hombre de confianza para conducirlo a las más altas esferas. De momento, ha criticado duramente el ejercicio de propaganda del gobierno en la campaña de vacunación, pidiendo más transparencia, y le ha dado una mano de pintura blanca al rey Baltasar en una felicitación navideña para repetir el mismo mensaje racista que Vox lanzó el año pasado por estas fechas, agradeciendo así su apoyo a los presupuestos. En efecto, no hay nada más transparente que blanquear a un negro.