Punto de Fisión

Zendal, unidad del asco

Resulta paradójico que, por una vez que se acuerdan de una enfermera a la hora de bautizar un hospital, el edificio haya salido un mamotreto. Para la mierda de servicio que está dando, incluido el de comidas, deberían haberlo llamado "Hospital Doctor Antonio Vallejo-Nájera", en recuerdo de aquel matasanos franquista que consideraba el marxismo una enfermedad mental y a las mujeres simples parásitos de inteligencia restringida. Vallejo-Nájera fue también el artífice intelectual del robo de bebés a las presas republicanas, una práctica que luego se extendió a media España con la complicidad de instituciones eclesiásticas y que a día de hoy sigue siendo uno de los tantos crímenes impunes de la dictadura. A pesar de ser un nazi declarado y un botarate sin un dedo de frente (disculpen el pleonasmo), el hombre todavía cuenta con una avenida dedicada en la capital, claro que a lo mejor la sigue conservando precisamente por eso.

En la Comunidad de Madrid -propiedad del PP desde que la mangaron cual bote de crema del Eroski a base de votos tránsfugas- lo habitual es bautizar los hospitales con nombres de infantas de la Casa Real, sin que se sepa muy bien a qué obedece esta costumbre cortesana. Debe de ser una extensión de la repetitiva ceremonia de genuflexión que consiste en colocar por defecto el marchamo de un borbón al frente de universidades, premios institucionales, monedas de euro y sellos de correos. En España no damos para más. Se ve que en el país del Quijote, de Galdós, de Zambrano, de Velázquez y de Ramón y Cajal no hay mayor símbolo de trascendencia que una dinastía de origen francés plagada de déspotas, subnormales, rijosos y tarados. Por eso, para una vez que hacen una excepción y se acuerdan de una mujer, Isabel Zendal -que pasó a la historia de la enfermería por sus propios méritos- va el homenaje y les sale rana.

Por momentos, los titulares van hablando del hospital Isabel Zendal como si fuese un ente alienígena al que no hay manera de meter mano, una oda al caos y a la ineficacia instalada en el vértice de un atractor extraño en el que se mezclan los negocios turbios, los intereses de diversas constructoras y la sonrisa extraterrestre de Isabel Díaz Ayuso, esa presidenta casi inverosímil que ha preferido despilfarrar más de cien millones de euros en ayudas al ladrillo en lugar de contratar médicos, rastreadores y personal sanitario. Con un sobrecoste que ya duplica el presupuesto inicial y que va camino de triplicarlo, las diversas fallas del hospital no dejan de aparecer en todas las áreas, desde un servicio de comidas repugnante hasta pacientes que son derivados a otros centros en cuanto se les complica el diagnóstico.

Este fin de semana un paciente del hospital Zendal ha publicado una foto de un plato de guisantes con tanto moho que daba la impresión de que en cualquier momento, debajo de los guisantes, iba a salir Pablo Casado con una pala. Hay que felicitar a Ayuso por el ojo para regalarle una franquicia a dedo a una gente capaz de servir moho en tal cantidad y calidad. El servicio de neumología a lo mejor no, pero el de digestivo se va a poner las botas. Las botas de pocero, como sigan con el menú.

La fama de mostrenco carísimo, guarro e innecesario que se ha ganado a pulso el hospital Zendal está ahuyentando a los profesionales sanitarios que son reclamados para trabajar allí al estilo de los liquidadores de la central de Chernobyl. Si se niegan a hacerlo, por ser perjudicial para su salud y la de los enfermos, no sólo serán penalizados en la bolsa de trabajo, sino que sufrirán la mofa, la befa y el escarnio de Abascal y sus huestes, verdaderos expertos en no dar ni palo al agua. Que Abascal te tache de "vago" equivale a un doctorado honoris causa en holgazanería, algo así como si el increíble Hulk te llamara iracundo, vigoréxico y además dijera que estás un poco verde. Una lástima que el Zendal, que debería honrar el apellido de una auténtica heroína de la enfermería, vaya a acabar dando nombre a la unidad de medida del asco.