Punto de Fisión

Catástrofes Almeida

La nevada de Madrid en enero de 2021 va a pasar a los anales como uno de los grandes desastres naturales de la Historia, al lado de la erupción del Vesubio, el terremoto de Lisboa, el huracán Katrina, el maremoto de Indonesia, el terremoto de San Francisco y la erupción del Krakatoa. No tanto por la nevada en sí, sino porque a los mandos de la capital se encontraba el alcalde Martínez Almeida, un desastre natural por méritos propios y, si lo juntamos con Ayuso, un Chernobyl y medio. Es asombroso verlo con su mascarilla de chulapo contabilizando árboles caídos y trepando a montículos de nieve como si estuviera escalando el Annapurna. De hecho, Almeida ha presentado una factura por 1.400 millones de euros, superior incluso a las ayudas que el Banco Mundial envió tras el maremoto de Indonesia. Parecía que Filomena hubiera cenado en el Bulli o que la hubiera contratado Florentino Pérez.

Resulta un verdadero milagro que sólo haya que lamentar cuatro víctimas mortales tras el paso de la tormenta por la capital, ya que, por el monto de la factura, uno pensaría en centenares de muertos, miles de familias sin hogar y la Sexta Flota al rescate Manzanares arriba. Si alguien lee únicamente los informes del Ayuntamiento podría suponer que, a día de hoy, la Castellana ha desaparecido engullida por el hielo, la estación de Atocha ha sido borrada del mapa y la Gran Vía ha quedado convertida en una sucursal de la Cañada Real, con millares de vecinos viviendo en chabolas y calentándose con cartones quemados.

Sin embargo, las cuentas se entienden en seguida, en cuanto uno repara en que, según el particular cómputo del alcalde, sólo los daños en el Club de Campo Villa de Madrid ascienden ya a más de un millón de euros. Teniendo en cuenta que el cargo de gerente del Club de Campo lo ocupa Juan Carlos Vera, antiguo Secretario General del PP e implicado en la trama Gürtel, lo extraño es que en los ceros a la derecha no hayan incluido también los gastos por las obras de la sede en Génova, incluida la reparación a martillazos de los discos duros de Bárcenas y los desperfectos causados por aquel tío que empotró un Citröen con dos bombonas de butano para felicitarles la Nochebuena.

Tampoco se entiende muy bien la falta de previsión de Almeida y de Ayuso, cuando estaban más que avisados por la Agencia Estatal de Meteorología, por el hombre del tiempo, por la mujer del tiempo y hasta por el tonto del pueblo de la que se les echaba encima. No había más que ver, unos días después de la movida, los tramos de carretera donde la Comunidad de Madrid lindaba con Toledo o con Segovia: los primeros impracticables, cargados de hielo hasta los topes, y los segundos limpios y listos para el tráfico. Fue un fenómeno nunca visto, el único caso de nevada restringida geográficamente a mala leche en los registros del clima terrestre.

Hace unos días, alguien explicó con todo lujo de detalles -le faltó hacer dibujitos y diagramas, como en las clases de trabajos manuales- las instrucciones básicas que tendría que haber seguido el Dúo Climático de la capital para minimizar los daños, sortear incidentes y facilitar las tareas de limpieza. Primero, una poda preventiva de ramas para evitar caídas de árboles; segundo, derramar enormes cantidades de sal sobre aceras y asfalto con el fin de disolver la nieve; tercero, organizar un servicio de quitanieves que fuese limpiando el suelo antes de que el hielo se endureciera y formara una placa. No crean que esto lo dijo un especialista en rescates de alta montaña en el Himalaya ni un científico de la ONU destinado a paliar los efectos del deshielo en la Antártida. No. Lo dijo el alcalde de Soria.

Soria es ligeramente más pequeña que Madrid, pero me imagino que su presupuesto y su equipamiento para esta clase de contingencias debe de ser proporcional a su tamaño. A lo mejor no, a lo mejor Soria es como esos enanos que luego, a la hora de la verdad, se sacan un aparato enorme y triunfan en el porno por todo lo alto. Probablemente deberíamos intercambiar al alcalde de Soria con el de Madrid, porque evidentemente Madrid a Almeida le viene grande, aunque, para terminar de arreglarlo, también podríamos hacer cambalache: los madrileños irnos a vivir a Soria y viceversa. Todos íbamos a salir ganando, excepto el olmo viejo y herido por el rayo de Machado, que iba a acabar como Notre Dame o como la selva amazónica.