Punto de Fisión

Casado bajo la lluvia

Pueden decir ustedes lo que quieran del PP excepto que no sea un partido que intenta luchar contra sus malos hábitos. Igual que esos yonquis recalcitrantes con el brazo como un alfiletero jurando que es el último palo que pegan en una farmacia. O que esos ludópatas compulsivos que pierden hasta la camisa en una timba y empeñan los zapatos para volver a jugarse los cuartos. El partido se ha rehecho tantas veces como Cher ha pasado por el quirófano y más o menos con los mismos resultados: cada vez se parece más a sí mismo.

Primero fue AP, a la que Forges bautizó certeramente como "Afananza Pandillar", un avatar prehistórico el cual evolucionó hacia una formación de cuatreros prácticamente idéntica a la anterior salvo en la sigla inicial. Después, tras el breve momento de esplendor, se escindió en Ciudadanos y también en Vox, para darles a sus votantes la posibilidad de elegir entre la misma mandanga con y sin filtro. Ahora están intentando refundarlo otra vez aunque, visto cómo les quedó la operación de cirugía estética, casi mejor que se estuvieran quietos. Porque refundarlo para nada es tontería, como diría José Mota.

Para hacerse una idea del espíritu con que emprenden esta nueva aventura política, al día siguiente de publicarse la carta-bomba que Bárcenas envió a la Fiscalía Anticorrupción, Pablo Casado se fue a visitar una granja de cerdos. ¿Qué más se puede añadir a eso? El titular se escribía solo, no hablemos ya de las columnas de opinión, en las que sobraba incluso el cerdo. Casado había tomado el papel de Gene Kelly cantando bajo la lluvia, sonriendo a lo alto, colocando la cara bajo el chorro y metiéndose en los charcos a zapatazos. Es evidente que lo asesora un fanático de los Click de Famobil ansioso por completar la colección: el Casado científico, asomado a un microscopio; el Casado granjero, asomado a un tractor; el Casado pastor, asomado a una oveja; el Casado panadero, asomado a un horno; el Casado ensimismado, asomado a un lavabo; el Casado estudiante, asomado a una hamaca; el Casado. Y todo así.

Esta vez el asesor de confianza ha apostado por la alta cultura y ha escenificado el famoso monólogo de Hamlet con un lechón en vez de una calavera y Casado recitando el "ser o no ser" con una clara simpatía hacia el "no ser". "Ese PP ya no existe" ha dicho el Casado filósofo, asomado a sí mismo, al abismo ontológico de haber sido colocado a dedo en el puesto por Aznar y de haber heredado, junto con el cargo, un ingente montón de porquería made in Génova. Las cepas carteristas del PP mutan después de cada nueva comparecencia de Bárcenas, más rápido aun que la variante británica del coronavirus, mientras que ETA continúa viva y coleando casi un decenio después de su rendición. Cosas que pasan.

A Pablo Casado, después de hacer el Gene Kelly, le falta fotografiarse en unos astilleros, entregado a la tarea de limpiar la mierda del casco y reflotar otra vez el buque insignia de la derecha. Si el PP fuese una película de submarinos sería Operación Pacífico, de Blake Edwards, por diversas razones, desde el jefe de suministros interpretado por Tony Curtis -un vividor que llega al submarino con su palos de golf y que choricea todo lo que está a su alcance- a aquel torpedo que lanzan, sale del mar, cruza la playa y termina hundiendo un camión. Al PP le pasa lo mismo que al submarino capitaneado por Cary Grant, esto es, que tienen que darle una mano de pintura y sale del astillero rebozado en color rosa, para que lo vea bien todo el mundo. Hay una frase del guión que el capitán escribe en la bitácora, un homenaje a Churchill que resume la gestión del PP allá donde se planta: "Nunca tan pocos robaron tanto a tantísimos".