Punto de Fisión

El 23F y la literatura fantástica

Del 23F puede decirse lo que escribió mi amigo Curro hace ya muchos años en un ejercicio de literatura en el que el profesor preguntaba a los alumnos qué les parecía un relato de Julio Cortázar, si creían que era real o fantástico. "Fantásticamente real, realmente fantástico" escribió Curro y el hombre se pensó que mi amigo le estaba vacilando. Sin embargo, tenía que haberle puesto un sobresaliente, ya que ese escueto cambalache de adjetivos y adverbios define a la perfección el arte de Cortázar, ese fuego al borde del abismo donde una mujer entra en el cuerpo, la conciencia y el destino de otra; un motorista herido en un hospital sueña que es un guerrero azteca al que van a a arrancarle el corazón en una piedra de sacrificios; o un tipo sentado tranquilamente en su cama lee en una novela su propio asesinato.

Sí, el 23F también podía haber sido un relato de Julio Cortázar, algo semejante a aquel concierto de despedida de un famoso director de orquesta donde las señoras del público, enloquecidas por una sinfonía de Beethoven, sufren un ataque dionisíaco de belleza, se echan a la platea y devoran vivos a los músicos. Buñuel estuvo tentado de hacer una película con ese relato, Las ménades, y es una lástima que no lo hiciera, aunque muchos años después la realidad se empeñara en sacar adelante una versión castiza de ese guión que nunca se rodó, un sainete con tanques paseando por las calles, guardias civiles asaltando el parlamento al mando de un bigote y un monarca en funciones de presentador adelantando ocho meses el mensaje de Navidad. El golpe pudo haber desembocado en otra guerra civil, pero degeneró en seguida en esperpento y al día siguiente Luis Sánchez Polack, Tip, dio la mejor definición del 23F cuando en un programa de radio comentó la sorpresa que tuvo al ver los blindados desfilando por el centro de Valencia: "Tate, qué pronto han montado este año las Fallas".

A pesar de los libros, los reportajes y los estudios, cuatro décadas después del 23F seguimos sin tener muy claro lo que pasó, hasta el punto de que cada año aparecen nuevos datos, nuevas teorías que desmienten o corrigen la versión oficial, ese relato fantásticamente real, realmente fantástico, donde lo de real no viene sólo de realidad sino de realeza. Por ejemplo, el rey Juan Carlos acaba de desvelar en una exclusiva a El Mundo que el verdadero héroe de aquel día no fue él, sino el general José Juste, el hombre que "impidió que el Ejército creyera que yo estaba tras el golpe", y no hay por qué dudar de sus palabras, salvo que cabe preguntarse cómo es que ha esperado cuatro décadas para contarlo. Probablemente estaba muy ocupado.

A la intervención providencial del rey Juan Carlos bregando entre traidores, correveidiles y sordomudos profesionales, elevado a la categoría de estrella de la televisión y héroe matador de dragones, le cuadraría muy bien, más que un relato de Cortázar, el título de aquel libro de Julio Verne: Las tribulaciones de un chino en China. El historiador Roberto Muñoz Bolaños ha publicado otro libro, El 23-F y los otros golpes de Estado de la Transición, donde pone el acento en la trama civil del golpe, la participación de López Rodó, Luis María Anson y Villar Mir, y la sospecha de que hubo varias conspiraciones más, aparte de la militar, una de las cuales terminó con la dimisión de Adolfo Suárez.

A estas alturas se hace muy cuesta arriba contradecir la versión oficial, a pesar de las evidencias y los testimonios en contra, más que nada porque el sumario del juicio militar a los responsables directos del golpe nunca se ha hecho público, no vayamos a enterarnos de algo. De este modo, el 23F ha alcanzado la categoría de mito fundacional: es nuestro asesinato de Kennedy, nuestro Jack el Destripador, nuestra Atlántida. Hay teorías para todos los gustos, millones de ellas, prácticamente una teoría por español, una por lo menos, por eso todos los aniversarios cada periódico, cada historiador, cada españolito de a pie se monta su propio guiñol del 23F entre un tricornio bigotón y un rey metido a meteorólogo de guardia. Fantásticamente real, realmente fantástico.