Punto de Fisión

Rodrigo Rato y el neocalorrismo

Una de las grandes ventajas de los bajos fondos es que suelen estar muy bien compenetrados con los altos fondos, de manera que basta escarbar un poco dentro de un pozo de mierda para encontrar la caja fuerte de un banco y viceversa. Esta ósmosis primordial del dinero, que baja y luego sube y luego baja, es el mecanismo primordial de muchas fortunas y también de muchas novelas negras, y por eso Philip Marlowe va a visitar a un cliente y se encuentra a un general retirado que subsiste como una planta carnívora en un invernadero, un pobre anciano millonario cuyas dos hijas le traen de cabeza por esa manía que tienen los dólares de crecer a la sombra del detritus.

La respuesta española al noir americano y al polar francés -películas todas ellas tapizadas de gabardinas y sombreros- fue el cine quinqui, un celuloide plagado de melenas pringosas y pantalones de campana en el que la libertad corría en moto y el amor sobrevivía a salto de mata, entre chabolas, navajazos, paseos por el patio carcelario y jeringuillas compartidas hasta desembocar en una sobredosis que era la versión barriobajera de Tristán e Isolda con guitarra y palmas. A veces, incluso, los protagonistas se morían fuera de la pantalla, porque uno de los puntazos del cine calorro era contratar a criminales y ex presidiarios para que hicieran de sí mismos, ríete tú del Dogma y de Cassavettes. El público lo entendió así y había que verlo poniéndose en pie y aplaudiendo en masa en esa secuencia en que un coche pasa por encima de una vieja caída en el asfalto, amputándole las piernas, y luego atropella a un guardia civil con tricornio y todo. Dale caña, Torete.

Según la ley de ósmosis antes enunciada, esta glorificación del delincuente cinematográfico llegó a su cenit y esplendor en la realidad el día de la boda de la hija de Aznar en El Escorial, una ceremonia de la transgresión que ríete tú de Almodóvar y donde más de la mitad de los invitados deberían haber llevado traje a rayas. Emulando a Sam Peckinpah en Grupo salvaje, Jose Mari logró alinear un atraco en futuro imperfecto, un gobierno en busca y captura, hecho de pasquines del Lejano Oeste, donde el papel principal se reservaba a un banquero de alcurnia, de los que encarnan esa célebre paradoja brechtiana de que robar un banco es una tontería comparado con fundarlo.

Ustedes a lo mejor no se acuerdan porque, como dice Pablo Casado, en el PP es agua pasada todo lo que sucedió hace quince minutos, pero Rodrigo Rato llegó a ser ministro de Economía y vicepresidente del gobierno, por no hablar de su experiencia al frente del FMI, una cueva de ladrones presidida por criminales de alto rango al lado de los cuales los Soprano, los Corleone, la Camorra y la Yakuza dirigían un bingo. Se habló mucho del milagro económico de Rodrigo Rato, esa obscena multiplicación de billetes, pero basta echar un vistazo a las causas pendientes para comprender no sólo que el milagro era todo suyo y de sus amiguetes sino que si van a juzgarlo es de milagro. Cuando un policía le acarició la cabeza para que no se rozara la calva con el techo del coche patrulla fue el momento más alto del neocalorrismo. La próxima vez será con mascarilla, como si entrara a pegar un palo en una farmacia. Es un privilegio haber tenido al Torete al timón del ministerio de Economía, sin navaja y sin pistola, dando golpes de campana.