Punto de Fisión

Vacunas: el pollo sin cabeza

Todas las noches llamo a mis padres para charlar un rato y, entre unas cosas y otras, siempre acabo preguntándoles lo mismo: si les han avisado ya para ponerles la vacuna. La respuesta es invariablemente negativa desde mediados de enero, a pesar de que mis progenitores rebasan ampliamente las ocho décadas de vida y que mi padre, en especial, cuenta con un amplio repertorio de patologías entre las que destaca una afección pulmonar grave.

Cada semana, más o menos desde mediados de enero, llevo oyendo también la misma cantinela desde diversas instituciones, también de amigos y conocidos: deben de estar a punto de llamarles, una predicción que se está cumpliendo con precisión infalible. Hoy no se pincha, mañana sí. El mutismo de las instituciones evoca el silencio polifónico de Thelonious Monk cuando, en mitad de una entrevista, le preguntaron si le gustaba la música clásica. El periodista pensó que Monk no le había oído, repitió la pregunta y Monk tampoco abrió la boca. A la tercera interrogativa, el pianista se giró hacia su agente, que estaba sentado en una silla, ahí al lado, y comentó: "Eh, Joe, este tío está sordo".

De lo particular no se puede hacer ciencia, pero el abandono metodológico de mis padres, por desgracia, no es la excepción sino la regla. Con este olvido, con esta demora interminable se está amasando la sustancia de muchas vidas, de ancianos que llevan un año entero sin poder salir de casa, de enfermos crónicos que se limitan a asomarse a la televisión o a una ventana, esperando el milagro de una puta inyección que no acaba de llegar por unas cosas y por otras. Se han terminado las vacunas o no acaban de llegar o hay dosis desperdiciadas. Aparte del despropósito general a todos los niveles, es sencillamente acojonante que la Unión Europea, que no se cortó un pelo a la hora de poner a Grecia de rodillas, no se atreviera a intervenir unas cuantas empresas farmacéuticas en el momento de una emergencia continental que amenaza a millones de personas.

Casi está uno por darle la razón, aunque no por los motivos que él piensa, al obispo Juan Antonio Reig Pla cuando afirma en su carta pastoral al gobierno que España se ha convertido en un "campo de exterminio". Si no fuese porque jamás hay que despreciar la estupidez congénita como móvil supremo, la conspiranoia definitiva sería pensar que desde las altas esferas se está llevando a cabo un programa sistemático de eutanasia de viejos, una aniquilación demográfica a lo bestia para limitar la esperanza de vida en occidente y reajustar los planes de pensiones.

Afortunadamente, la estupidez humana lo explica todo: los retrasos en la vacunación, los obispos que se saltan el turno a la torera, los aviones cargados de extranjeros procedentes de países con altos picos de contagio, las terrazas a tope de gente sin mascarilla y los botellones por la cara. En medio de este desbarajuste demencial, la noticia de que acaban de encontrar en Italia 29 millones de dosis que la compañía AstroZeneca había escondido para enviarlas a Reino Unido casi parece una nota folklórica.

Todo, absolutamente todo en la gestión de la pandemia, es un pollo sin cabeza, igual que el pobre Mike, aquel pollo de cinco meses al que un granjero decapitó con tal destreza que el animalito sobrevivió al hachazo y estuvo un año y pico exhibiéndose y alimentándose con un gotero gracias a que mantenía las funciones vitales básicas controladas a través del encéfalo. En Almuñécar, cuando era un niño, mi padre me llevó a ver al gallo Pepe, cuyo dueño era un cantinero que tenía al animal picoteando en la barra, ansioso por beber los copazos de vino que le pagaban los clientes. Fue, durante muchos años, el pollo más famoso de España, aunque el de las vacunas le va a quitar el puesto, borracho perdido, sin pies ni cabeza.