Punto de Fisión

Confesiones inconfesables

Algunas de las últimas series documentales centradas en el análisis de crímenes reales han cambiado la perspectiva del asesino hacia la víctima, de tal manera que apenas se percibe esa fascinación malsana por los depredadores humanos que elevaron a Jack el Destripador, Ed Gein o Charles Manson a la categoría de iconos culturales a los que se dedicaron libros, canciones y películas. En los últimos capítulos de Ted Bundy: Falling For a Killer, aparece la típica figura de la joven enamorada de un monstruo homicida, un tópico repetido desde aquellos lejanos años treinta en los que Peter Kürten, el Vampiro de Düsseldorf, recibía diariamente en su celda, en espera de la ejecución, docenas de cartas de mujeres pidiéndole matrimonio.

En la ficción, esa fascinación llegó al límite con el personaje de Hannibal Lecter, el despiadado caníbal de El silencio de los corderos, tan elegante y refinado que muchos espectadores confesaron que les hubiera encantado invitarlo a cenar sin comprender que ellos iban a ser el primer plato. Justo en el extremo opuesto de la balanza se encuentra la pareja homicida de Henry, retrato de un asesino, la brutal película de John McNaughton, que refleja las andanzas sanguinarias de Henry Lee Lucas y Ottis Toole por las carreteras desoladas de Estados Unidos. Con su incultura general, su falta de atractivo, sus pintas de paleto, su cociente intelectual por debajo de la media y sus dos dientes colgando, Henry era algo así como la antimateria de Ted Bundy, el atractivo, inteligente y bestial asesino que fue el principal modelo para Lecter. Y sin embargo, gracias a los periódicos, a los noticiarios y a la película de McNaughton, Henry Lee Lucas fue considerado durante mucho tiempo el asesino serial más prolífico de la historia de los Estados Unidos.

The Confession Killer, la modélica serie documental de Netflix, desmantela el mito de Henry Lee Lucas de una vez por todas con una colección de entrevistas y un caudal de información tan apabullante que se hace difícil pensar como alguna vez la justicia pudo creer que este hombre había cometido cientos y cientos de asesinatos. De hecho, es la justicia estadounidense la que sale retratada de esta historia como un auténtico circo de tres pistas que estuvo funcionando durante décadas, con un desprecio olímpico hacia las pruebas forenses, las declaraciones de testigos y los procedimientos más elementales de investigación policial.

Desde el momento en que, en mitad de un juicio por un doble asesinato, Henry Lee Lucas preguntó por los otros cientos de mujeres que había matado, el sheriff Jim Boutwell pensó que le había tocado la lotería y organizó una especie de tómbola nacional de crímenes sin resolver en la que cualquier comisario de cualquier rincón del país podía venir con un caso de homicidio pendiente y cargarlo a la cuenta de Henry, quien parecía encantado de añadir una nueva víctima a la lista y de que le invitaran a otro batido de fresa. Con el tiempo se organizó un cuadrante de fechas y lugares tan eficaz que un sheriff llamaba desde Wisconsin o Alabama o Maine y preguntaba si tal día de tal año estaba libre. Gracias a la vaguería, la corrupción o la imbecilidad de los agentes de la ley, Henry se convirtió en un auténtico estajanovista de la muerte, un proletario del asesinato capaz de recorrer mil o dos mil kilómetros en doce horas de una escena del crimen a la siguiente.

Henry confesaba porque era un mentiroso compulsivo y porque, mientras siguiera hablando, evitaba la pena de muerte, pero también porque le hacían caso por primera vez en su vida y lo trataban como a una celebridad. Lo verdaderamente imperdonable es la desfachatez de los policías que se prestaron al juego y que, por negligencia o por mala fe, le echaban una mano en los detalles, aunque hubieran pasado cinco, diez o doce años desde la fecha del crimen. Varios familiares objetaron la veracidad de sus confesiones, pero el espectáculo debía continuar y Boutwell y sus hombres no tardaron en echar tierra sobre el asunto. Diversos investigadores demostraron que, en muchos de los lugares en los que había confesado un asesinato, Henry estaba en el otro extremo del país, pagando una multa o detenido por algún otro delito. Una detective que llevaba tiempo sospechando de la farsa, se inventó un caso de homicidio, fue a ver a Henry y obtuvo una confesión completa. Más grave aún fue la intervención de un fiscal que cuestionó toda la investigación y cuya intromisión le costó la carrera.

La incertidumbre sobre la culpabilidad de Henry era tan manifiesta que en 1998 el entonces gobernador de Texas, George W. Bush, suspendió su condena a muerte por el célebre crimen de "Orange Socks" en Williamson County. Con el tiempo, gracias al desarrollo de las pruebas de ADN, fueron capturados unos veinte criminales exculpados por las confesiones de Henry Lee Lucas que habían escapado durante años a la justicia, aunque a día de hoy ni siquiera es posible evaluar la cantidad de asesinos impunes que quedaron en libertad gracias a la incompetencia manifiesta de las autoridades. Todo porque un sheriff de los Rangers, un montón de policías y un ejército de periodistas cayeron presos del embrujo del mal, embelesados por la atracción de un agujero negro inconcebible que resultó ser una trola con dos dientes colgando.