Punto de Fisión

Defectos secundarios

 Una sanitaria administra una vacuna contra la covid-19 a una ciudadana. El Museo del Fuego de Zaragoza se ha habilitado como punto de vacunación a partir de este lunes, 12 de abril, fecha desde la que se quiere inocular a 250 personas por día. EFE/Javier Cebollada
Una sanitaria administra una vacuna contra la covid-19 a una ciudadana. El Museo del Fuego de Zaragoza se ha habilitado como punto de vacunación a partir de este lunes, 12 de abril, fecha desde la que se quiere inocular a 250 personas por día. EFE/Javier Cebollada

Aparte de las patentes y de otras muchas cosas, uno de los grandes problemas de las farmacéuticas es su pésimo departamento de marketing, esa incapacidad crónica que tienen en el sector, desde los gerentes de la industria hasta los mancebos de botica, para añadirle beneficios extra a los productos con que hacen negocio. Aunque sean mentira. No basta con decir que una sustancia cura la gripe, alivia los síntomas de la diarrea o protege del contagio: hay que adornar sus efectos del mismo modo que esos fabricantes de perfumes nos aseguran que lo de menos es oler bien, que bastan unas gotas de Jacq’s para que una rubia estupenda te persiga en una moto hasta el fin del mundo. Yo era un crío cuando vi aquel anuncio de Jacq’s y pensé que la rubia estupenda venía incluida en el lote, hasta que algo más mayor comprendí que era un anuncio de motos.

Hoy día el machismo sigue imperando a tope en la publicidad, pero las farmacéuticas deberían tirar por otro camino, por ejemplo, sugiriendo que con la inyección de AstraZeneca uno de cada mil pacientes puede desarrollar poderes arácnidos, como Spiderman, o ponerse a volar, como Superman, mientras uno de cada cien mil o un millón puede desarrollar trombos. Borges contaba que la lotería en Babilonia se salió de madre en el momento en que se decidió incluir una pequeña ración de suerte adversa en la lluvia de boletos. Empezaron con una multa, luego con unos días de cárcel, y después fueron subiendo las apuestas mediante una paliza en un callejón oscuro o una puñalada en la garganta. Por favor, quién no iba a jugar a la lotería en Babilonia por miedo a un trombo.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que, a lo largo de los siglos, los éxitos más grandes de la industria farmacéutica han potenciado la parte lúdica y recreativa hasta prescindir por completo de sus virtudes curativas: el whisky, la cocaína, la heroína o la marihuana, que hoy día la prescriben algunos médicos para la esclerosis múltiple. Hasta los cigarrillos los vendían los antiguos tabaqueros como si fuesen un remedio para la tos y no sé la cantidad de críos de mi generación que embarrancaron en el alcoholismo por culpa de la Quina Santa Catalina, una forma de abrir el apetito cuya publicidad decía: "Es medicina y es golosina".

El departamento de marketing también se ha lucido con el nombre, porque AstraZeneca, la verdad, suena fatal, a virguería de alta costura o a enemiga chunga de Flash Gordon, mientras que Pfizer ni se puede pronunciar y Sputnik es como si te pusieran en órbita de un pinchazo. Tampoco les ha funcionado lo del cambio de denominación por la misma razón que a Prince no le funcionó lo del símbolo hermafrodita y tuvo que conformarse con que lo llamaran "el artista anteriormente conocido como Prince". Para colmo lo han hecho tarde y mal: Vaxzevria, la vacuna anteriormente conocida como AstraZeneca, menudo fiasco de bautizo.

Sí, la gente no se lee los prospectos de los medicamentos, pero el día en que a los telediarios y a los periódicos les de por informarnos de los riesgos del ibuprofeno o de la aspirina con el mismo fervor con que acojonan con la AstraZeneca, estamos apañados. El doctor House le recetó una vez a un paciente con ardor de estómago un cigarrillo después de las comidas y el hombre protestó: "Pero el tabaco es adictivo y peligroso". "Todo lo que yo receto", replicó House, "es adictivo y peligroso". Probablemente muchos de los pacientes atemorizados por la posibilidad de desarrollar trombos después de una dosis de AstraZeneca no deben haber leído en su vida los efectos secundarios del omeoprazol, por no hablar de los efectos secundarios del whisky, del tabaco, de la cocaína o de la Quina Santa Catalina.