Punto de Fisión

Debate con mímica

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. — EUROPA PRESS
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. — EUROPA PRESS

La campaña por las elecciones autonómicas en Madrid está quedando un poco rara, primero por la pandemia, que convierte los mítines en botellones de alto riesgo, y luego por la falta de un debate serio entre los candidatos, ya que la presidenta Isabel Díaz Ayuso, de momento, ha rehusado debatir mascarilla a mascarilla frente a sus rivales, probablemente porque con lo de "comunismo o libertad" ya está todo dicho. Haría bien Ayuso en no entrar en una discusión que podría obligarle a explicar para qué demonios sirve el hospital Zendal aparte de para aparcar ambulancias o cómo es posible que en marzo de 2020 su gobierno dispusiera un protocolo por el que se restringía el traslado de los ancianos enfermos de las residencias a los centros sanitarios.

Como explicaba Ana Pardo de Vera en su artículo del lunes, el desencuentro entre Ayuso y Telemadrid viene de lejos, un divorcio largo y enrevesado con factores de alto riesgo. No se entiende muy bien que Ayuso rechace la oportunidad de presentarse junto a los otros candidatos en la cadena autonómica y en cambio prefiera hacerlo en la Academia de Televisión, a menos que quiera dar la impresión de un debate de alcance nacional, una nota que ya han marcado Pablo Iglesias dejando el puesto de vicepresidente para bajar a la arena y Pedro Sánchez con las críticas directas a su gestión y las dudas sobre los últimos datos de contagios en la Comunidad. Tampoco habría que descartar la inquietante posibilidad de que Ayuso, con el tiempo, pretenda hacer palanca con su popularidad en la capital y dar el salto inverso de Iglesias hacia la política nacional, disputándole a Casado la cabecera del partido como si estuviese poseída por el espíritu de Esperanza Aguirre.

De lo que no cabe la menor duda es de que hemos subestimado a Ayuso de la misma manera que en su día subestimamos a Donald Trump y prácticamente por los mismos motivos. A los votantes les aburren sobremanera los programas electorales, los cruces de datos, las propuestas económicas, y por eso prefieren el espectáculo. Concretamente, el circo. De ahí que Vox organice mítines campales en Vallecas y que los periódicos informen exhaustivamente de la barbacoa en el chalet de Iglesias y Montero. De ahí que Mónica García se haya puesto a perrear, Pablo Iglesias a montar videos a ritmo de rap, Abascal a enseñar un adoquín en el Congreso y Gabilondo a intentar no ser Gabilondo. De ahí también que las encuestas muestren que los madrileños, entre un filósofo, una anestesista, un politólogo y un abogado, opten mayoritariamente porque los presida la community manager de un perro.

Al final, palabrería aparte, lo que queda de un debate y lo que analizan los expertos son los gestos: Ayuso no tendría el menor problema en acudir a uno en que se prohibiese hablar y hubiese que discutir haciendo el mimo. Mejor aún si, en vez de en Telemadrid, se celebrase en un bar, delante de unas cañas y unas tapas. Aunque odia a Marx con todas sus fuerzas, ha resultado una firme practicante de la rama Groucho, quien sostenía que es mejor callar y parecer tonto que ponerse a hablar y despejar las dudas definitivamente. En su resistencia a presentarse un debate y en su defensa de la hostelería a vida o muerte, la presidenta evoca la figura de aquel galán aposentado en la barra de un bar, un codo anclado en el mostrador, un palillo en la boca, lanzando miradas seductoras a la concurrencia y seduciendo con su apostura a todas las chicas del local. Hasta que una se le acerca y le pregunta por qué no dice nada: "¿Pa qué? ¿Pa cagarla?"