Punto de Fisión

Reencontrarte con tu ex presidenta

Ayuso y Nacho Cano, este domingo. EFE/Ballesteros

Mi querido Javier Reverte, a quien tanto echo de menos, me dijo una vez que quien inventó la tontería esa de "De Madrid al cielo" podía ser cualquier cosa, excepto madrileño. En efecto, los madrileños de pura cepa sabemos muy bien que no existe nada ni remotamente parecido a la pura cepa y que lo único verdaderamente memorable de Madrid -aparte del Museo del Prado y de los cielos escultóricos de Velázquez- es la certeza de que ser madrileño es ser de ningún sitio. De ahí nuestra tradicional hospitalidad con los extranjeros: vengan del lugar que vengan, enseguida reconocemos a un pariente extraviado, un primo perdido con cierto aire de familia.

Cela la llamó "poblachón manchego" y Anthony Burgess amplió la metáfora una de las pocas veces que vino a la capital a presentar un libro: el periodista le preguntó qué le parecía Madrid y él, asomado a la ventana de un hotel de la Castellana, dijo que le recordaba a Kansas City. No lo decía por insulto o desprecio, tampoco por desconocimiento, sino por esa exactitud forense con la que clavaba cada frase en un alfiler como a un escarabajo. Porque Madrid tiene mucho de escarabajo, de escarabajo pelotero, se entiende. A nadie con ojos en la cara, menos aún a un madrileño, se le ocurriría comparar Madrid con París, Roma, Lisboa o Londres, ni siquiera con Dublín, Budapest, Varsovia o Berlín; somos demasiado conscientes de que la arquitectura de nuestra ciudad está hecha a pegotes, a lo escarabajo pelotero, de que detrás de una hermosa fachada mozárabe se oculta una horrenda estructura bancaria y provinciana, de que la Torre de Valencia jode cualquier perspectiva, incluido el horizonte de árboles del Retiro. Sí, el tipo aquel que llevaba "De Madrid al cielo" en la trasera del coche con toda seguridad se refería a Barajas.

Por eso resulta tan cándida, tan insensata y tan poco autóctona la campaña electoral de Ayuso, basada en una actualización de esa matrícula castiza y charcutera en la que Madrid ha encontrado su identidad a base de tomar cañas, ir al cine, salir por la noche y disfrutar de los atascos en la Gran Vía. Exactamente la clase de cosas que uno puede hacer en Cuenca, en Sevilla, en Bilbao o en Barcelona, y que obligan a los madrileños, en cuanto tienen un fin de semana libre y la menor oportunidad, a salir echando leches de la capital para no olvidarse de seguir siendo ellos mismos. Es una pena que, cuando habla de museos, Ayuso se refiera exclusivamente al Museo del Jamón y que cuando habla de teatros se refiera básicamente a Génova. Para bordar el ridículo, sólo le ha faltado reivindicar el Manzanares.

No deja de ser paradójico que la adalid de un partido que se ha opuesto por costumbre y con todas sus fuerzas a la ley de divorcio, la ley del aborto, la ley del matrimonio homosexual y la ley de eutanasia, tome ahora la libertad como lema de campaña capitalino. "Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien / Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío" escribió Cernuda, y con Ayuso de fondo uno de los versos amorosos más bellos del idioma entra directamente al terreno de la psicopatía. También es verdad que Ayuso no se iba a poner a reivindicar la Gürtel, la Púnica, el destrozo de la sanidad pública, los menús escolares de Telepizza o la contratación de curas y toreros como éxitos de la gestión del PP.

Según esta buena mujer, otra de las ventajas exclusivas de Madrid es que aquí puedes separarte de tu pareja y nunca te la vuelves a encontrar por la calle, una pesadilla que los madrileños llevamos años reviviendo al dejar a Esperanza Aguirre en la puerta de los juzgados y toparnos de boca con Cristina Cifuentes, al dejar a Cifuentes en la puerta de los juzgados y encontrarnos a Ayuso con esos ojos de mariposa virgen que le ha arrancado a la cabra de la Legión. Es igual que esas películas de terror en las que matan a la niñera demente y aparece su reencarnación llamando al timbre. Necesitamos una orden de alejamiento o mejor un exorcismo. De otro modo, al final, por cercanía con Génova, más que en el Museo del Jamón vamos a acabar todos en el Museo de Cera.