Punto de Fisión

Ciudadanos: misión cumplida

El candidato de Ciudadanos a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Edmundo Bal, saluda a la presidenta del partido, Inés Arrimadas (2d), en la sede de su formación tras conocer los resultados de las elecciones celebradas hoy martes en Madrid. EFE/Javier López

Desde que nació, hace la friolera de quince años, y especialmente desde que se expandió fuera de Cataluña, cundía la sospecha de que Ciudadanos era un submarino del PP, una especie de marca blanca que permitiría al votante escrupuloso de derechas -si lo hubiera o hubiese- coger la papeleta sin mancharse las manos, pensando que elegía una opción civilizada y liberal acorde con la derecha europea, libre de la peste de la corrupción y el olor a caverna del franquismo. El truco funcionó mejor de lo esperado, al estilo de la rivalidad mitológica entre la Coca-Cola y la Pepsi, sólo que esta vez sí que estaba detrás la misma empresa.

Sin dejar de golpearse el pecho a lo King Kong, Albert Rivera clamaba a quien quisiera oírle que Ciudadanos había venido para regenerar la política española. Y cumplió su promesa de un modo muy curioso: pactando con los gobiernos corruptos del PP allá donde pudiera pillar cacho. Es cierto que, durante el proceso de regeneración, Ciudadanos iba perdiendo miembros, órganos y hasta a Toni Cantó por el camino, pero la regeneración, según el Diccionario de la Real Academia, consiste en la reconstrucción que hace un organismo vivo por sí mismo de sus partes perdidas o dañadas. El injerto regenerador de Ciudadanos ha funcionado hasta el punto de que los 26 escaños conseguidos en los pasados comicios han ido a engrosar el tronco del partido madre para proporcionarle la savia de la casi mayoría absoluta. Al fin y al cabo, igual que en aquellos cándidos anuncios de detergente, la señora no iba a cambiar su marca de toda la vida aunque el astuto vendedor le ofreciera dos paquetes.

Este 4 de mayo Edmundo Bal se presentaba a calzón quitado, con una oferta similar a la de Martes y 13 en su parodia del anuncio de detergente: "Señora, haga el favor de votarme a mí, que soy la misma derecha". "Sí, pero no es igual". Perdidos los escrúpulos y visto el percal, el votante de derechas ha pensado que mejor elegir al partido de la Gürtel, la Púnica y la Lezo en lugar de elegir una imitación barata. Cuando se hicieron la célebre foto en Colón, formando el triunvirato junto a Vox y el PP, quedó geográficamente claro que allí no había sitio para respirar y que la entelequia del centro quedaba ya muy lejos. Desde siempre, y a pesar de Truffaut, el tres ha sido un mal número para una historia de amor: a pesar del prestigio literario del trío, en cuanto acaba la foto y el polvo nocturno, el tres vuelve a ser dos y uno.

A Edmundo Bal le ha tocado la triste tarea de certificar la defunción de un partido que nació con la intención de regenerar la política española y ha acabado regenerando la putrefacción, la desvergüenza, los másteres de fogueo, el cuadro de Goya saqueado y hasta los botes de crema mangados en el Eroski. Sin saberlo, entre las muchas bobadas que soltó durante la campaña, dijo una verdad como un templo: "Esta ha sido la campaña de volver a ser nosotros otra vez". En efecto, ahí están los 26 escaños en el lugar que les corresponde y ahí está Toni Cantó para demostrarlo, un tipo que echaba pestes de la corrupción endémica del PP y que ahora la abraza con los brazos abiertos. Edmundo, pobrecillo, llegó en una moto al debate de Telemadrid y se marcha de Madrid con el tubo de escape ardiendo, un esqueleto en llamas, como Nicholas Cage en El motorista fantasma. Menos mal que se guardó el acta de diputado, por lo que pudiera pasar.