Punto de Fisión

El Pequeño Nicolás se tira el pisto

Francisco Nicolás Gómez Iglesias (i), conocido como el Pequeño Nicolás, llega a la Audiencia Provincial de Madrid,- EFE/Ballesteros

Muchas cosas pueden reprocharse a Francisco Nicolás Gómez Iglesias, alias el Pequeño Nicolás, excepto que no conozca bien a los clásicos. Por ejemplo, su rocambolesca escalada social no sólo guarda un eco lejano del Lazarillo de Tormes sino que obedece a la clásica estrategia del hidalgo, aquel noble de tercera categoría que no tenía ni un mendrugo de pan que echarse a la boca pero cuyo orgullo le impedía ponerse a buscar trabajo. Con el hidalgo, Lázaro aprendió que el parecer importa más que el ser, o mejor dicho, que para ser alguien en la vida el primer paso es parecerlo. "La apariencia" -decía uno de los personajes de Casa de campo, la gran novela de José Donoso- "es la única cosa que no engaña".

Por eso, cuando salió de Madrid camino a Ribadeo, en una comitiva de lujo escoltada por dos policías municipales, el Pequeño Nicolás se preocupó de anunciar que llegaba alguien muy importante. No le faltaba razón, teniendo en cuenta que con apenas 20 años aquel jovencito sonriente y repeinado aparecía en las fotos sentado a la derecha de Ana Botella, a la derecha de Esperanza Aguirre e incluso a la izquierda de Aznar, porque a la derecha de Aznar no se sienta ni Dios Padre. Al saltar el escándalo, en el PP dijeron que no lo conocían de nada (la línea de defensa favorita de una gente que prefiere que la tomen por tonta a que la tomen por otra cosa) y de repente el Pequeño Nicolás se quedó huérfano de madrinas y padrinos: nadie sabía de dónde había salido aquel ectoplasma pijo que se codeaba con el CNI, con Mayor Oreja y con la Casa Real hasta el punto de estrecharle la mano al rey Felipe VI el día de su coronación.

En un primer momento, el Pequeño Nicolás también utilizó una estrategia jurídica típica de los mandamases del PP cuando los trincan con todo el equipo: amenazar con tirar de la manta. Pero en seguida se dan cuenta de que la manta es muy corta y recogen carrete, no se les vayan a enfriar los pies. Ahora el Pequeño Nicolás dice que, más que tirar de la manta, se estaba tirando el pisto, que quería darse aires de grandeza y aparentar que era todo un personaje, con séquito y guardaespaldas. Dice también que está en tratamiento psiquiátrico desde hace años, porque hacerse el loco delante de un juez suele salir igual de bien que hacerse el tonto. Botella, Aguirre, Aznar, los consejeros de justicia y los presidentes autonómicos lo llevaban al lado de mascota, como si fuese un llavero. Pero por favor, cómo iba a ser un gran personaje Nicolás, si lo llamaban el Pequeño.

Al final, el Pequeño Nicolás ha descubierto que la notoriedad resulta una pesada carga sobre los hombros del desgraciado que la consigue y que una de las primeras cosas que aprenden los famosos que aparecen en las portadas de las revistas es intentar enmascararse en la normalidad, echar tripa, dejarse barba, ponerse gafas de sol, disfrazarse de gente corriente. Esperanza Aguirre, sin ir más lejos, empezó por decir que no llegaba a fin de mes, a pesar de los cargos, los sueldos y la pinacoteca que tiene colgada en el salón, y ha terminado por fichar para Amazon en Celebrity Bake Off, un programa de cocina donde a lo mejor nos enseña su productiva receta de pisto a la mamandurria. Por algo al rey Juan Carlos lo de ser el Emérito no le acaba de gustar tanto como cuando lo llamaban el Campechano.