Punto de Fisión

El rey hacendoso

Juan Carlos I en una imagen de archivo.- EFE
Juan Carlos I en una imagen de archivo.- EFE

En 1978, recién estrenada la democracia, el Ministerio de Hacienda intentó concienciar a la ciudadanía con un eslogan que sigue siendo el más recordado de su historia: "Ahora, Hacienda somos todos". Con lo cual quedaba demostrado que antes de 1978, pues mire usted, no. Naturalmente, nadie se tomó muy en serio la generalización, ya que un español, en cuanto lo incluyen en una primera persona del plural, sabe que la cosa no va con él. Además, desde tiempos prehistóricos estamos acostumbrados a que, en lo que toca a tributar, todos, lo que se dice todos, en realidad son los de siempre.

Como los españoles somos maestros en el arte del escaqueo y también en el del cachondeo, mucha gente no acababa de pasar por el aro fiscal y Hacienda decidió emprender una serie de escarmientos públicos, al estilo de los autos de fe en la plaza del pueblo y las ejecuciones públicas mediante el garrote vil. Puesto que se trataba de dar ejemplo, pudieron haber elegido a un arzobispo, un multimillonario o un miembro de la Casa Real, pero decidieron tirar la casa por la ventana y eligieron, entre otros, a Lola Flores, que tenía más caché y por algo la llamaban "Lola de España". Para hacer frente a los pagos, la artista llegó a pedir una colecta a nivel nacional por televisión, con lo cual se arriesgó a que Hacienda la denunciara de nuevo, esta vez por hacerle la competencia.

Poco a poco, al igual que íbamos tomando conciencia de nuestras obligaciones con Hacienda, la sociedad española se iba haciendo a la idea de que los borbones habían regresado para quedarse. Sólo les faltó publicar un eslogan con la leyenda "La Monarquía somos todos", pero para eso ya estaba el rey Juan Carlos. No se veía muy bien qué méritos había hecho el rey, aparte de ser rey y de ganar unas cuantas regatas, pero lo teníamos en todas partes: en los sellos de correos, en las pesetas, en los billetes de cinco mil y hasta en las monedas de euro, con lo que en seguida sobrepasó la estatura mítica de los más altos talentos de nuestra historia -Cervantes, Galdós, Rosalía de Castro, Manuel de Falla. Sonaba igual que el lema de los tres mosqueteros, todos para uno y uno para todos, pero sin la segunda parte.

Sin embargo, precisamente por ser más español que nadie, el rey Juan Carlos se ganó hace poco una sonora reprimenda de la ministra de Hacienda, quien tachó su conducta de "reprobable, reprochable y nada edificante", adjetivos que deslucen un poco la reverencia, la pompa y el boato con que siempre lo han tratado en España. Y ahora, por si fuera poco, le notifican una inspección fiscal para comprobar si son correctas sus dos últimas regularizaciones voluntarias, las cuales suman un total de más de cinco millones de euros incluyendo intereses y recargos. Qué barbaridad, la pasta que gana un rey, con razón me decían que estudiara para borbón, que como filólogo no iba a ninguna parte. Al menos el Emérito, al contrario que Lola Flores, ha tenido el detalle de no salir por televisión pidiendo una colecta para tapar el pufo, aunque tampoco le hacía falta. Hacienda somos todos otra vez, pero unos más que otros, está claro.