Punto de Fisión

Si fuesen judíos

Un hombre busca entre los escombros tras un bombardeo en Gaza este domingo. EFE/EPA/MOHAMMED SABER

Seguramente esto ya lo he escrito antes, seguramente usted ya lo ha leído, en las noticias sobre el penúltimo bombardeo de Gaza, en el antepenúltimo, hace dos años, cuatro años, diez años, porque en Gaza la historia es una lluvia de sangre que salpica los periódicos cada cierto tiempo -sangre casi toda ella palestina-, con madres llorando entre escombros de edificios, padres barbudos gritando con niños reventados en los brazos, una masacre a cámara lenta que escandaliza al lector un momento antes de pasar página y leer los índices bursátiles, la entrevista al político de turno, las incidencias de un partido de fútbol, los ropajes de esa actualidad donde Gaza asoma como un cuento de terror, un lugar irreal, absurdo, imposible, como la guerra del Congo, las pateras hundidas en el Mediterráneo, los niños esclavos en la India, cosas que a usted y a mí ni nos van ni nos vienen, ésa es la verdad, amigo mío.

Pero la noticia está en el periódico, resuena en la radio, destella en los telediarios dos, tres, cuatro días, con su goteo incesante de víctimas -casi siempre de un lado, porque la sangre en Gaza, como en el poema y en el pecho de Cristo, siempre cae del mismo lado-, y le amarga un momento el sabor del café, el humo del cigarrillo, el cielo azul de la mañana. Usted ya sabe lo que le repiten los periodistas, los analistas y los tertulianos de guardia, esos sabelotodos que asoman por su televisión tan puntuales como un reloj de cuco, los mismos que un día le hablan de la variante británica del virus, al otro del próximo fichaje del Madrid y al siguiente de la tortilla de patata con cebolla. Lo sabe porque lo ha leído, oído, visto cien, mil, dos mil veces, durante la anterior matanza: la complejidad del conflicto entre árabes e israelíes, los antecedentes históricos, la larga historia de agravios y desagravios que se remontan a los tiempos de la Torre de Babel, la ONU sacando resoluciones sobre Oriente Medio con la misma autoridad de un cocinero ofreciendo recetas de la tortilla de patata con y sin cebolla.

Si conoce algo sobre la historia de la zona, sabrá también las distintas formas en que el ejército de Israel pisotea diariamente los derechos humanos, el saqueo incesante de las tierras arrebatadas por los colonos israelíes, la situación insostenible de una población de casi dos millones de habitantes constreñidos en el mayor y más vergonzoso gueto de la humanidad, la barbarie indecible de esas imágenes en que jóvenes y niños se enfrentan a tanques y helicópteros con hondas y tirachinas, poniendo al día la fábula de David y Goliat con el final y los colores cambiados.

Seguramente también habrá oído, leído, visto las noticias sobre los cohetes de Hamás y los brutales atentados en Jerusalén, aunque no se le escapa que Israel fue un país fundado a sangre y fuego, a base de carnicerías de inocentes, bombas indiscriminadas y terrorismo en estado químicamente puro. Todo eso no importa porque ocurrió hace ya mucho tiempo, más de medio siglo, y lo que usted se pregunta ahora es cómo la comunidad internacional permite que prosiga esta aniquilación a distancia, esta bestialidad sin nombre, esta injusticia irrevocable que se alarga ya décadas sobre la Franja de Gaza, más allá de los misiles y los blindados, qué ocurriría en el mundo si todas esas mujeres huérfanas de hijos, todos esos padres barbudos con niños muertos en los brazos, todos esos miles de niños que desde el día que nacieron no han visto otra cosa más que fango y caos y desesperación, fuesen judíos.