Punto de Fisión

Mala gente en Ceuta

Imagen de un migrante abrazando a una voluntaria de Cruz Roja

Más allá del trasfondo histórico y de los intereses políticos, la imagen del inmigrante exhausto consolado por una voluntaria de la Cruz Roja es una Pietà en blanco y negro, uno de esos momentos que exhibe a la humanidad en su punto más alto, bañada en compasión, ternura y consuelo. Decía Ernesto Sábato que un soldado haciendo guardia de noche mientras custodia el sueño de sus compañeros representa un absoluto, un valor universal por encima del horror de la guerra, el color de los uniformes, los términos y móviles del combate. Qué no diría entonces de una caravana de niños hambrientos, de las muchedumbres sin tierra, de los miles y miles de refugiados que se agolpan tras las alambradas y no encuentran más refugio que el adjetivo con que los marcamos a fuego en Europa.

Como la humanidad tiene al menos dos caras, no han faltado los comentarios repugnantes que han visto en una acción básica de salvamento una rendición, una cobardía, una estupidez, o incluso algo peor. Hay que tener el corazón relleno de estricnina y el alma hecha de mierda y sebo rancio para no compadecerse de la desgracia de esas personas que no tienen otro horizonte que la desesperación, no digamos ya de quienes sospechan un gesto de lujuria en un abrazo. Han sido tantas las amenazas y tan asquerosos los insultos que ha recibido Luna Reyes, la voluntaria de la Cruz Roja que reconfortó al inmigrante africano al que encontró llorando y golpeándose la cabeza con una piedra, que ha tenido que cerrar todas sus cuentas en las redes sociales.

En el caos angustioso de ese día, Juan Francisco, un submarinista de la Guardia Civil, salvó de morir ahogado a un bebé caído al agua que ya mostraba graves signos de hipotermia. "Hace falta estar ciego", escribió en un poema Rafael Alberti, "tener como metidas en los ojos raspaduras de vidrio/, cal viva/, arena hirviendo/, para no ver la luz que salta en nuestros actos". Fue otro gran poeta, Antonio Machado, quien definió a la perfección el talante de esos malnacidos que ven una invasión en la diáspora mortal de los desgraciados que se lo juegan todo a una sola carta: "Mala gente que camina/ y va apestando la tierra".

Es cuando menos paradójico que una buena porción de esa gente se considere a sí misma católica y cristiana a mucha honra, un catolicismo de cartón-piedra, un cristianismo hipócrita de ir a misa y de rezar el rosario, cuando si algo predicó Cristo es la compasión y el amor al prójimo, la ayuda a los desfavorecidos, el amparo a los refugiados: "Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, en la cárcel y vinisteis a verme". Para esa gente nunca es buen momento de poner en práctica las enseñanzas cristianas, la compasión y la caridad: si se habla de mejorar las condiciones de vida de los animales, replican que primero están las personas; si se les señala a los inmigrantes de las pateras, dicen que primero están los españoles; cuando toca ayudar a los españoles pobres y hambrientos, se les llama mantenidos subvencionados, porque lo primero, siempre, en cualquier caso, es su cuenta corriente y su propio culo.

Cuando las fronteras, las vallas y los tratados son más importantes que las personas, el cristianismo y la acción humanitaria poco tienen que hacer, como intentar remediar un naufragio con un cubo o apagar un incendio con las manos. No les quepa duda de que si Jesucristo volviera en carne y hueso cruzando media África y pidiera refugio a esa gente, esa mala gente, lo devolverían a patadas al desierto después de echarle los perros. Eso sí, tampoco les quepa duda de que Jesucristo les escupiría a la cara.