Punto de Fisión

Almeida, el erecto legionario

Almeida en la inauguración de la estatua dedicada a los últimos de soldados españoles en Filipinas.- AYUNTAMIENTO DE MADRID

El alcalde de Madrid tiene planeado inaugurar, pasado el verano, una estatua de tres metros dedicada a la Legión en la Plaza de Oriente. Es una lástima que la inauguración llegue un poco tarde para acompañar la victoria aplastante de Ayuso en la capital, porque un desfile de legionarios hubiese dado mucho empaque a las celebraciones, máxime teniendo en cuenta que, por lo general, los conduce una cabra. Después de retirar las placas en homenaje a los fusilados por el franquismo y de borrar los versos de Miguel Hernández en la Almudena, la erección de este mamotreto de bronce reitera el compromiso de Almeida por no reabrir las heridas de la Guerra Civil y volver al eterno debate de las dos Españas. Con un legionario de tres metros frente al Teatro Real, con o sin cabra, queda claro que España no hay más que una. Al final que la planta del Teatro Real tenga la forma exacta de un ataúd gigantesco va a ser una metáfora perfecta.

Pensábamos que a Almeida -por eso de las gafas y de luchar contra la ignorancia de la chavalería defendiendo el gran arte europeo frente a la selva amazónica- le gustaba más la poesía, pero nos está resultando un hombretón de lo más viril, de pelo en pecho, y además un auténtico mecenas de las artes escultóricas, un Lorenzo de Médicis chulapo. En el poco tiempo que lleva dando la vara, ha erigido ya una estatua y proyecta otras dos que avalan su respeto por la Memoria Histórica y por la fealdad insigne de una capital alérgica a los monumentos. Madrid puede presumir de muchas cosas pero los grupos escultóricos -de Cascorro a La Cibeles- no son precisamente una de ellas. Una de las pocas excepciones es la soberbia Fuente del Ángel Caído del Retiro, que tiene la postura exacta de acabar de oír un discurso de Ayuso, uno de Almeida o de haber visto al colega de tres metros que le va a hacer la competencia en la Plaza de Oriente.

En el Retiro precisamente, en el paseo de los Reyes, va a levantarse una estatua a Juana I de Castilla, en conmemoración del movimiento comunista, quiero decir, comunero. Y el año pasado, poco antes del inicio de la pandemia, se inauguró en la Plaza del Conde de Valle Suchil un monumento a Los últimos de Filipinas, concretamente al último de ellos, quien, revólver en mano, está arengando a sus compañeros para que se apresuren a tomar posiciones en una terraza. Se ve que lo de las erecciones militares le pone a Almeida mucho más que los versos de Miguel Hernández o que las víctimas civiles del franquismo. No sería extraño que, con el apoyo de Villacís y Ortega Smith, el alcalde prosiguiera erigiendo su particular museo histórico de la caspa con una estatua en recuerdo de la División Azul y otra en agradecimiento a la Legión Cóndor.

El escultor Salvador Amaya, autor de ambos mostrencos bélicos, asegura que la Legión es un cuerpo libre de toda connotación ideológica, algo en lo que no estarían muy de acuerdo los miles de marroquíes castrados, decapitados y quemados vivos durante las campañas de África, incluidos mujeres y niños, ni tampoco los miles de españoles masacrados en diversos episodios de la Guerra Civil. Podría haber sido peor, podrían haber levantado un monumento a Millán Astray, caracterizado como el Señor Patata, dándole la mano a Almeida en plan novio de la muerte.