Punto de Fisión

Compartir es ganar

Los atletas Mutaz Essa Barshim (Qatar) y Gianmarco Tamberi (Italia) se abrazan tras compartir el oro en salto de altura en los JJOO de Tokio. REUTERS/Hannah Mckay
Los atletas Mutaz Essa Barshim (Qatar) y Gianmarco Tamberi (Italia) se abrazan tras compartir el oro en salto de altura en los JJOO de Tokio. REUTERS/Hannah Mckay

Es un hecho que las competiciones de salto (altura, pértiga, longitud) suelen terminar con una decepción, un atleta que tropieza con el listón o que no es capaz de rebasar la marca de su rival. Sin embargo, en la final de salto de altura masculino, el qatarí Mutaz Essa Barshim y el italiano Gianmarco Tamberi protagonizaron una imagen insólita en los Juegos Olímpicos: la de dos campeones que decidían subir juntos al podio. Tras alcanzar ambos los 2.37 metros, el juez les propuso desempatar, pero Barshim preguntó si no podían tener "dos oros". El juez accedió y ambos saltadores sonrieron y se fundieron en un abrazo.

Detrás de esta foto, única en más de un siglo de celebraciones olímpicas, hay una historia, una rivalidad de años hecha a base de lesiones, consejos, cariño y admiración mutua que se fue tiñendo de amistad y que culminó en un momento glorioso. No pocos comentaristas y aficionados han elogiado el gesto, aunque tampoco faltan las voces que criticaron el hecho de que compartir una medalla de oro atenta directamente contra el espíritu olímpico. Parece que Tamberi y Barshim estuvieran protagonizando un monólogo de Gila, aquel en el que un cura de pueblo subía al púlpito y, después de la misa, analizaba los resultados del partido de la víspera lamentando que uno de los dos equipos tuviera que perder. "¿No sería bonito que todos los partidos acabaran en un empate? ¿Es que no se da cuenta ese delantero hambriento de gol que el portero rival también tiene una madre?"

Durante demasiado tiempo nos han enseñado que ganar es pisotear cabezas, aplastar al rival, humillarlo incluso: no en vano la invención del deporte moderno vino a sustituir o a emular a la guerra, y las metáforas utilizadas por los comentaristas deportivos se nutren a expensas del lenguaje bélico. En vez de "goleada" se habla de "masacre"; en vez de "equipo", "escuadra"; en vez de "goleador", "artillero"; en vez de "vencedor", "verdugo". Esa mentalidad de ganar a toda costa, reforzada por el pensamiento neoliberal, resulta nefasta apenas se sale del campo de juego y se lleva al darwinismo feroz de la economía capitalista, donde el éxito de unos pocos significa la miseria y el anonimato de muchos. Un mundo en el que la cooperación reemplazara a la competencia quizá suene a utopía, pero la utopía podría empezar por un pequeño gesto como el de Barshim y Tamberi en un podio de Tokio.

En 2012 el español Iván Fernández pudo ganar la medalla de oro en una carrera campo a través cuando el keniano Abel Mutai aflojó la marcha al confundirse con una señal y creer que ya había traspasado la meta. Desde atrás, Fernández le animó a que siguiera y casi tuvo que empujar a Mutai para que corriera los escasos doce metros que le quedaban. Al preguntarle por qué no había aprovechado la ocasión, Fernández respondió de qué valía ganar así, si su rival ya había ganado: también dijo que no sabía cómo iba a mirar luego a su madre.

En la película En busca de Bobby Fischer, basada en la vida del ajedrecista estadounidense Josh Waitzkin, hay un momento en que el pequeño Waitzkin juega la partida definitiva, mira el tablero despejado de piezas donde se avecina una feroz carrera de peones, mira a los ojos de su rival, un niño genial y despiadado, y le ofrece la mano para sellar tablas y compartir la victoria. El niño replica que no sabe qué significa eso y prefiere seguir jugando, sin comprender que el peón de Waitkzin, al coronar, dará jaque a su rey y comerá su dama. Es una hermosa lección de deportividad en una película que lleva el nombre de un maestro del ajedrez que era prácticamente el reverso perfecto de Josh Waitzkin. Bobby Fischer dijo una vez que le encantaba ver la cara de su rival en el momento en que su ego se partía en dos, una frase brutal que es el equivalente psicológico de aquella otra de Tyson: "Con cada puñetazo que le pego a mi contrincante intento hundirle el hueso de la nariz en el cerebro".

La historia de amistad deportiva más hermosa que conozco es la que protagonizaron Edmund Hillary y Tenzing Norgay la mañana del 29 de mayo de 1953 en la primera escalada al Everest. Llegaron juntos a la cumbre y la foto, hecha a toda prisa por Hillary, muestra a Tenzing con la máscara de oxígeno y el piolet alzado en el vértice mismo del mundo como si fuese un astronauta en otro planeta. Tenzing y Hillary sellaron un pacto mediante el cual prometieron que jamás dirían quién de los dos llegó primero a la cima: era absurdo atribuirle a uno solo el esfuerzo conjunto de una cordada que no sólo les incluía a ellos dos sino a todo el equipo que había colaborado en la ascensión. Sin embargo, durante muchos años, los sherpas presionaron a su compatriota para que revelara la verdad y se atribuyera la conquista de la montaña más alta de la Tierra. Tenzing se negó repetidamente hasta que, al fin, harto de tanta insistencia, escribió: "El Everest es demasiado grande, demasiado precioso para que haya nada excepto la verdad. Hillary pisó la cumbre el primero. Yo después".