Punto de Fisión

Stanislaw Lem en su vacío perfecto

El autor David Torres junto a  Stanislaw Lem.- Joanna Bardzinska
El autor David Torres junto a Stanislaw Lem.- Joanna Bardzinska

El próximo 12 de septiembre se cumplen cien años del nacimiento de uno de los más grandes escritores del pasado siglo, el polaco Stanislaw Lem, un narrador de la estirpe de Swift, Kafka y Calvino que se refugió en el futuro para hablar del presente. Desde la invasión nazi que por poco lo llevó a los hornos del campo de concentración de Belzec -donde murieron varios amigos suyos- al tedioso régimen comunista que describió una vez como "una realidad falsa, vacía y estéril", el suyo fue un presente tan apabullante que resulta casi inverosímil que se dedicara a la literatura fantástica. También Ballard tuvo que volver los ojos al cosmos después de contemplar el resplandor de la primera bomba atómica.

A Lem la ciencia-ficción le sirvió no sólo para sortear la férrea dictadura comunista sino para lanzar conceptos filosóficos y astrofísicos de una complejidad tan deslumbrante como el discurso del imaginario premio Nobel que cierra Vacío perfecto, una prodigiosa colección de prólogos a libros y autores inexistentes cuyo prefacio empieza por desmenuzar, precisamente, Vacío perfecto. Basta leer el primer relato de los Viajes estelares, donde el astronauta Ijon Tichy se encuentra atrapado en una nave caída en un agujero de baches temporales, para descubrir, entre carcajadas y jadeos de estupor, una inteligencia de primer orden. Una vez dije que Lem era una especie de Borges polaco que hubiera estudiado Física, Medicina, Genética, Teoría de la Probabilidad y que además hubiera ejercido de ginecólogo.

Fue gracias a ese relato de Ijon Tichy peleándose consigo mismo, discutiendo en una nave atiborrada de Ijon Tichys de todas las edades, ancianos, hombres y niños, que yo descubrí a Lem a mediados de los ochenta, una epifanía que no me ha abandonado desde entonces. Sin embargo, el libro que llevé conmigo a Cracovia cuando fui a entrevistarle en 2003 -una de las últimas entrevistas que concedió, quizá la última- fue Retorno de las estrellas, una novela prodigiosa en la que me estampó su firma. No tenía muchas ganas de hablar de literatura, hacía décadas que había abandonado la ficción después de publicar su última novela, Fiasco, y era más bien como si yo fuese un avatar hispánico de Ijon Tichy en busca de un sabio sideral con tirantes enclaustrado entre montañas de libros. Me preguntó por España y no podía creer que en Madrid no nevara más que una vez cada cinco o seis años. No sabía castellano, pero había intentado leer a Lorca y todavía recuerdo estremecido su voz tropezando en la doble ele de un verso que le emocionaba: "Los caballos negros son".

Me confesó que no le gustaba nada la adaptación que hizo Tarkovski de Solaris, uno de los libros fundamentales del pasado siglo, pero que lamentaba más aún haber permitido la de Soderbergh. En Solaris, igual que en Edén o El invencible, Lem descubre planetas desconocidos, entrometiéndose en territorios donde no se ha aventurado nunca ningún otro escritor, formas de vida completamente incomprensibles a la razón humana, civilizaciones desarrolladas a partir de embriones tecnológicos, misterios insondables para los que no hay ninguna explicación. La originalidad de su imaginación, aliada a la potencia de su prosa, forjan visiones de una belleza y un horror ultraterrenos, como la fábrica de carne de Edén, en la que los astronautas no saben si están en un paritorio o una cámara de torturas, o la inconcebible geografía del océano de Solaris.

Más allá de sus fábulas de robots y sus delirantes sátiras políticas, Lem, al contrario que Clarke, es un pesimista cósmico que concibe el universo como un enorme vacío autista, un interrogante sin respuesta. Cómo iba a creer en la posibilidad de comunicación con una raza extraterrestre si es evidente que ni siquiera los seres humanos somos capaces de entendernos. Por eso, en La voz de su amo, un ejército de especialistas en el que se combinan químicos, físicos, lingüistas, biólogos, músicos y poetas, se estrella ante el acertijo de un mensaje de más allá del sistema solar. Por eso en La investigación, una novela ambientada en el Londres de los sesenta, un policía y un estadístico son incapaces de resolver el enigma de los cuerpos resucitados que echan a andar desde la morgue.

Cuando le pregunté por esta última novela, contándole la teoría de mi amigo, el poeta Jesús Urceloy, de que la clave estaba en una conversación entre los protagonistas, me respondió que no, que no había ninguna clave. Era como un sueño, dijo, cuando sueñas con algo no sabes de dónde ha venido ese sueño ni mucho menos explicarlo. Le sugerí entonces que sus libros podían ser una imagen de aquellos laberintos perfectos que profetizara Borges: laberintos no humanos, no hechos por hombres, ni destinados a que los descifren los hombres. Me respondió con una frase lacónica: "Cada uno construye los laberintos que sabe construir".

Después, cuando regresaba en taxi, recordé el gesto de llevarse la mano a la oreja que hacía cada vez que no entendía una pregunta y yo la tenía que repetir. Había leído en algún sitio que Lem era sordo: quizá esa era la clave de su literatura, la llave maestra de esos secretos impenetrables, esos amores fantasmales, condenados a no entenderse jamás, esos extraños mundos que vagan solos por el espacio, sin tocarse ni reconocerse. Pero no había ninguna clave, él mismo lo había dicho. Me sentí otra vez como Ijon Tichy volviendo con las manos vacías después de haber acariciado el misterio, sin otra prueba de mi viaje que aquella dedicatoria en una página en blanco.