Punto de Fisión

La Mano Invisible de Ayuso

Si hay algo que me fascina de los neoliberales es su desmedida pasión por el dinero público. No sólo los políticos, que esos van a piñón fijo, sino los intelectuales, escritores y artistas que no dejan pasar la ocasión de apadrinar cursos, conferencias y cursos universitarios, por no hablar de los que se rebajan a rebañar premios literarios de provincias. Su fervor y su ansia recaudadora recuerdan la de aquellos herejes exaltados que, en nombre de Jesucristo, se dedicaban exclusivamente al asesinato, el robo, la violación y la blasfemia, intentando acaparar el mayor número de pecados posible de manera que el mal se extinguiera cuanto antes sobre la superficie terrestre y así pudiera llegar el reino de los cielos. Seguramente, el neoliberal piensa (es un decir) que el dinero público es una ubre que acabará de dar leche más tarde o más temprano y que exprimirla al máximo es el camino más rápido para instaurar la economía de libre mercado.

En consonancia con estos principios, uno de los puntales del neoliberalismo europeo, el Instituto Bruno Leoni, ha premiado a Isabel Díaz Ayuso por su "defensa de la libertad de los ciudadanos" durante la gestión de la pandemia, un galardón que corrobora el espaldarazo en las urnas recibido por la presidenta. Nadie sabe muy bien quién financia el Instituto Bruno Leoni, una institución que el año pasado recibió más de medio millón de euros de procedencia tan misteriosa que merecería un especial de Iker Jiménez. Probablemente fuese la Mano Invisible, la misma que agita las aguas del libre mercado y que hace que los ricos siempre sean más ricos, los pobres más pobres y la electricidad más cara.

Lo asombroso de la victoria de Ayuso es que los madrileños, por el módico precio de unas cañas, decidieron olvidar que Ayuso representa la continuidad del gobierno más corrupto e indecente de España. Tan representativo que la propia Esperanza Aguirre -que dirigía la Comunidad de Madrid como si fuese la cueva de Alí Babá- ha bendecido el proyecto político de su ahijada oponiéndolo a los chiquilicuatres y niñatos de Pablo Casado. La libertad no era la ley de divorcio, ni la ley del derecho al aborto, ni la ley de matrimonio homosexual (el PP se opuso a todas ellas por principio, hasta que se divorciaron en masa, se casaron por parejas y se fueron a abortar a Londres) sino la libertad de tomarse unas cañas en una terraza.

La Mano Invisible de Aguirre consiguió levantar a lo largo de años una docena de hospitales públicos sin variar apenas el número de plazas hospitalarias, algo verdaderamente difícil, casi un ejercicio de malabarismo inmobiliario, si uno lo piensa despacio. Eso por no hablar de sus sucesores en el cargo, célebres por sus privatizaciones de áticos y de botes de cremas en el Eroski. En los últimos tiempos, gracias a Ayuso, la Mano Invisible ha perfeccionado sus maniobras de trilero despachando a miles de profesores, médicos, enfermeros y sanitarios mientras aumentan significativamente las ayudas a la tauromaquia. Veinte siglos después, la sátira de Juvenal del panem et circenses se ha reencarnado en "cerveza y toros". En efecto, el neoliberalismo ha arraigado tan fuerte en la Comunidad de Madrid que la libertad está bajo fianza.