Punto de Fisión

Camus y los santos inocentes

Mario Camus, en 2015. EFE/Archivo/Pedro Puente Hoyos

Una vez, en un seminario de la Menéndez Pelayo, le pidieron a Mario Camus que diera un consejo a los jóvenes cineastas y dijo: "A los jóvenes les aconsejaría que no sigan mi consejo, siempre me equivoco, en eso no fallo nunca". Era una paradoja además de una exageración, porque Camus había acertado de lleno unas cuantas veces, pero sospecho que la frase ocultaba además una resonancia literaria, una cita que cualquier lector atento de Antonio Machado reconocería al primer golpe de vista: "Doy consejo a fuer de viejo: nunca sigas mi consejo".

Lo que quizá quería decirle Mario Camus a las generaciones venideras es que él se había hecho cineasta leyendo, como tantos otros, que la literatura es la materia prima del cine y que adaptar un gran libro podía ser la forma más segura de encontrar el propio estilo, cuando no de filmar una obra maestra. Es lo que hizo John Huston en tantas películas (El halcón maltés, El tesoro de Sierra Madre, Moby Dick, El hombre que pudo reinar, Fat City, Bajo el volcán); lo que hizo Stanley Kubrick en casi toda su filmografía (Lolita, Barry Lyndon, La naranja mecánica, El resplandor); lo que hizo John Ford en El delator y Las uvas de la ira; lo que hizo David Lean en Doctor Zhivago; lo que hizo Ridley Scott en Los duelistas y Blade Runner; lo que hizo Luchino Visconti en El gatopardo; lo que hizo Orson Welles en El proceso, Otelo, Macbeth y Campanadas a medianoche. La lista es prácticamente interminable.

Leer mucho y bien es, evidentemente, la tarea principal de un gran director cinematográfico, el entrenamiento previo antes de ponerse tras la cámara: encontrar una historia, tener algo qué contar y después contarlo mediante el ruido y la furia de las imágenes, traducir las palabras a carne, luz y música. En este sentido puede decirse que Camus fue, en palabras de Borges, un sensible y agradecido lector. Hizo adaptaciones magníficas de Ignacio Aldecoa (Con el viento solano, Young Sánchez, Los pájaros de Baden-Baden), de Lorca (La casa de Bernarda Alba), de Barea (La forja de un rebelde) y de Galdós (Fortunata y Jacinta). En esta última, fechada en 1980, la televisión española rozó un límite que sólo volvería a alcanzar un año después, con la soberbia recreación de Los gozos y las sombras, de Torrente Ballester, que filmó Rafael Moreno Alba.

En La colmena (1982), Camus se las apañó para condensar en poco más de hora y media la obra maestra de Cela, una narración torrencial y casi intratable con cientos de personajes y docenas de afluentes narrativos que componen un desolador fresco del Madrid de la posguerra. Entre el deslumbrante elenco de intérpretes que dan vida a la película (José Sacristán, Victoria Abril, Charo López, José Luis López Vázquez, Concha Velasco, José Sazatornil), Camus tuvo el detalle de ofrecerle a Cela un pequeño papel en medio del abigarrado café que es el centro neurálgico de la acción: el inventor de palabras que va entre las mesas regalando neologismos de su cosecha.

Sin embargo, si hay una obra asociada para siempre al nombre de Mario Camus, sin duda es Los santos inocentes, una de las películas fundamentales del cine español y una de las mayores y más brutales denuncias jamás estampadas en una pantalla, del rango de Pather Panchali de Satyajit Ray, Los olvidados de Buñuel o Ladrón de bicicletas de Vittorio De Sica. Es fama que Delibes se negó al principio a vender los derechos de la novela porque no creía en que hubiera forma de adaptarla al cine, pero afortunadamente el cineasta logró que cambiara de opinión. Apoyándose en el texto de Delibes y en un plantel de actores irrepetible, Camus logró poner en pie un retrato imperecedero de la España franquista, una crítica atroz de la miseria física y moral del campesinado español bajo la bota de los señoritos. Todo, absolutamente todo en esta película pone los pelos de punta: los aullidos desconsolados de la Niña Chica, la cínica crueldad del señorito Iván, Paco el Bajo olisqueando el prado como un sabueso, la sonrisa idiota de Azarías murmurando: "Milana bonita".

Alfredo Landa, Paco Rabal, Terele Pávez, Juan Diego, Mary Carrillo, Agustín González y el resto del elenco actúan en estado de gracia, poseídos por el embrujo del séptimo arte y la sustancia maligna de la novela hasta tal punto que la visión se hace casi insoportable. Personalmente nunca olvidaré una modesta secuencia en que Manuel Zarzo, en el papel del médico, aconseja al señorito Iván que deje descansar la pierna de Paco o podría quedarse cojo para siempre. Ante la insistencia del amo, el médico se lava las manos con una frase impresionante: "Tuya es la burra". Probablemente nadie haya quintaesenciado de modo tan gráfico el valor de la vida humana bajo la égida del franquismo, aunque lo más terrible de la película es que va mucho más allá de un lugar y una época: sólo la aparición de un tren permite suponer una fecha concreta, pero por lo demás Los santos inocentes podría estar ambientada un siglo atrás, medio siglo atrás, treinta años atrás o quizá mañana.