Punto de Fisión

James Bond en patinete

Daniel Craig, en la última película de James Bond. MGM

En su libro 007 contra el Doctor Brexit -que se adelantó años al título del presente artículo-, Eduardo Valls Oyarzun examinaba a fondo diversas perspectivas ideológicas del agente secreto más famoso del mundo, una de ellas las relaciones establecidas entre lo inglés, lo británico y lo cosmopolita desde la pérdida del imperio hasta nuestros días. La irrupción del brexit ha alterado esas relaciones hasta el punto de que Donald Trump y Boris Johnson parecen encarnar cierto arquetipo de archienemigo bondiano, el clásico bocazas fanfarrón y obsceno que amenaza destruir el mundo cada vez que abre la boca. No les falta ni la pelambrera, esa estridente fregona blanca que llevan en la cabeza como el emblema de Moby Dick, la ballena asesina.

Acostumbrado a pelear contra espías soviéticos, asesinos a sueldo catalanes, gorilas chinos y magnates de la prensa, James Bond tiene que acostumbrarse ahora a tratar con antagonistas caseros, líderes extraídos de las democracias más augustas del planeta que, sin embargo, se comportan igual que dictadores norcoreanos, tertulianos de la Sexta o Marcos de Quinto. Aquella vieja paradoja de que no hay peor enemigo que uno mismo ha pillado a Gran Bretaña en calzoncillos, con el país entero paralizado por falta de gasolina, los precios de los productos disparados, multitud de comercios cerrados a cal y canto y todo tipo de problemas de suministros. Este fin de semana, el ejército ha tenido que movilizarse para abastecer las estaciones de combustible, una lamentable situación de emergencia que -comparada con las epopeyas de 007- da bastante pena y bastante risa. Ya decía Abraham García, ante la pregunta de cuál era el plato más exótico que había tomado en su vida, que una paella en su punto.

Célebres en todo el mundo por lo indigesto de su gastronomía, los británicos han cocinado con el brexit la paella perfecta, una chapuza de proporciones mitológicas en la que el clasismo, el racismo, el neofascismo y un neoliberalismo de grandes almacenes han logrado, al fin, que la niebla los aísle de Europa. No por un día o dos sino durante una o dos décadas. Con un poco de suerte quizá vuelvan al redil europeo en la próxima glaciación o en una futura deriva de los continentes. Son las ventajas de votar bien, como dice Vargas Llosa, que en realidad quería decir votar a derechas, no a tontas y a locas. Tenían prácticamente todas las ventajas y ninguno de los inconvenientes del euro, al seguir manteniendo su propia moneda, pero alguien les metió en la cabeza que la isla se les iba a llenar de negros, de moros y de indios, como si no tuvieran ya bastantes. Después de todo, los ingleses siempre han sido muy suyos, muy zurdos y muy de llevar la contraria.

Del desastre anunciado del brexit se pueden aprender muchas cosas, entre ellas que los inmigrantes vienen a cubrir los puestos que nadie quiere y también que los trabajos peor pagados y valorados son los que más falta hacen. Dominic Cummings, uno de los principales artífices de la ruptura con Europa, inventó el lema "Llena todo de mierda" con el fin de mantener a Johnson en el poder a cualquier precio y, en efecto, ha llenado todo de mierda, hasta los supermercados. Recién estrenada su nueva aventura, James Bond se encuentra atrapado ahora en un Aston Martin sin gasolina, a punto de salvar el mundo en patinete y con agua del grifo en lugar de martini. Decían que el próximo 007 iba a ser una mujer negra, pero al final la mujer negra, como siempre, se ha quedado en camarera. Agitada, no mezclada.