Punto de Fisión

Vargas Llosa otra vez en los papeles

El presidente del PP, Pablo Casado (d), al inicio de un debate sobre 'Libertad frente al populismo' junto a Mario Vargas Llosa (i), Premio Nobel de Literatura, en el marco de la Convención Nacional del PP. A 30 de septiembre de 2021, en Sevilla (Andalucía, España).- EUROPA PRESS

Hay varias versiones de la visita de Vargas Llosa a Borges, allá por los años 80, pero todas -incluida la del propio Vargas Llosa- coinciden en que hubo un momento más bien incómodo en que la entrevista terminó y la conversación pasó de la literatura al mobiliario. Vargas Llosa se mostró sorprendido por la modestia en que vivía el gran escritor argentino, en un apartamento ruinoso con las paredes desconchadas y goteras en el techo. Al parecer, esta observación molestó profundamente a Borges, que desde entonces guardó las distancias. Según Ricardo Piglia, Borges comentó al día siguiente: "Vino a verme un peruano que debe trabajar en una inmobiliaria, porque quería que yo me mudara".

Aquel microrrelato humorístico de Borges ha terminado por aterrizar en el realismo social al descubrirse esta misma semana que el Premio Nobel fue titular de una sociedad, valorada en más de un millón de dólares, en un paraíso fiscal de las Islas Vírgenes, sociedad desde la que se gestionaron los ingresos por derechos de autor y los beneficios de varios inmuebles vendidos en Madrid y Londres. Igual que muchos otros admiradores, me preguntaba yo hace unos cuantos años en qué momento se jodió Vargas Llosa, en qué momento pasó de ejercer de admirador de Fidel Castro a cheerleader de Esperanza Aguirre, en qué momento le empezaron a interesar menos las letras que el papel. En realidad, fueron varios momentos a lo largo de los años, del mismo modo que fueron varias sociedades opacas y varias resmas de papeles (Pandora, Panamá) en los que aparece su nombre junto a otro montón de evasores fiscales. Entre ellos, el inefable rey Juan Carlos, otro hombre del que cabe preguntarse dónde le cabrá tanta ansia de dinero.

En una carta de aclaraciones a la directora de El País, diario que sacó la información el lunes, Vargas Llosa dice textualmente: "Aquella compañía de las Islas Vírgenes que había sido reservada a mi nombre pero que yo nunca utilicé", una expresión en la que el asiento de un paraíso fiscal parece una plaza de un hotel en el Caribe que quedó sin ocupar o un billete premiado de lotería sin cobrar. Más adelante, la prosa del Premio Nobel se embarca en otra fascinante construcción pasiva ("cambió de mano -siendo traspasada a dos rusos, lo que ya era ajeno a mi conocimiento"). El ministro Soria recurrió a un castellano mucho más de andar por casa cuando, después de salir su nombre en los Papeles de Panamá, se publicó que también había participado en otra sociedad opaca en Jersey: "No tengo ni idea de lo que está pasando".

Vargas Llosa -que llegó a comparar las burlas y chascarrillos de algunos dirigentes de Podemos hacia ciertos periodistas con las bombas y los tiros en la nuca de ETA- no podía dejar pasar la ocasión de hacer un guiño literario. Así, en esa especie de escrito de descargo, la sociedad opaca a su nombre tenía vida propia, como la nariz de de aquel relato magistral de Gogol que se independiza de su dueño y tras diversas peripecias llega a ser Consejero de Estado. El hecho de que los dos nuevos propietarios de la dichosa compañía de las Islas Vírgenes sean rusos nos alerta de la referencia novelesca. En aquella película en la que ganaba el Premio Nobel de Literatura, Paul Newman advertía de la fea costumbre que tienen los periodistas de preguntar a los escritores por cuestiones políticas y económicas, mientras que a los químicos, los físicos y los médicos ni se les ocurre. Vargas Llosa no necesita que le pregunten nada porque él va impartiendo cátedra de todo lo divino, lo humano y lo inmobiliario, aunque al final, como es lógico, siempre acaba haciendo literatura.