Punto de Fisión

Los guardias civiles del chiste

Un guardia civil de espaldas.- EFE / Archivo

Desde muy pequeño he sentido un enorme respeto por los guardias civiles, más que nada porque mi tío Daniel, que en paz descanse, era uno. Nunca lo vi con el uniforme del Cuerpo, pero no hacía falta porque entre la voz de sargento y el bigote de posguerra mi tío parecía estar de servicio las 24 horas del día. Puede que el hábito haga al monje, pero mi tío hacía de guardia civil incluso en pijama, sin necesidad de tricornio ni pistola, hasta tal punto que de niño, cuando me contaban un chiste de guardias civiles, yo inmediatamente lo veía interpretado por mi tío. Sin embargo, era prácticamente imposible conciliar las brutalidades y burradas atribuidas a los guardias civiles de los chistes con la bondad de mi tío Daniel, de manera que en mi cabeza la Guardia Civil jugaba una partida de ajedrez donde mi tío representaba las piezas blancas y los picoletos de los chistes las negras.

Con el tiempo descubrí que no era una dicotomía muy alejada de la realidad, ya que entre los guardias civiles, lo mismo que entre los policías, los bomberos y los soldados, hay gente buena y gente mala: lo que ocurre es que los uniformes simbolizan el orden, la legalidad, la justicia, y si un uniforme lo lleva un miserable, entonces la maldad tiene patente de corso y ocurren cosas tan repugnantes como las de los cuatro picoletos de La Coruña condenados por la vejación y humillación continua a uno de sus camaradas. Puede que se trate únicamente de cuatro manzanas podridas en un cesto lleno de buena gente, pero durante cuatro años las manzanas podridas estuvieron acosando a sus anchas a un colega, propagando rumores sobre su orientación sexual y haciéndole la vida imposible hasta el punto de que tuvo que pedir la baja del servicio y ser atendido en una unidad psiquiátrica.

No sólo se dedicaron a maltratar y hostigar sin tregua a un compañero sino que se ciscaron literal e ininterrumpidamente en los principios de sacrificio, lealtad, abnegación y disciplina escritos en el código de honor de la Guardia Civil. Le decían que preferían tener un hijo muerto o drogadicto a uno homosexual, lo que da una idea de cómo este cuarteto de matones debía cumplir los derechos constitucionales con los pobres viandantes que se les cruzaran por el camino: los guardias civiles del chiste en carne, hueso y tricornio. Según su ideario, los maricones deberían estar fuera de la Guardia Civil, aunque quienes no deberían haber entrado nunca al Cuerpo son gentuza homófoba como ellos, culpables de una conducta que sus mandos inmediatos en el cuartel de Noia debieran haber cortado en el acto.

Por desgracia, esos mensajes de "Arriba España y muerte a los maricones" con que estos cuatro cogollitos de Tudela mancillaron el honor y la dignidad de una persona y del uniforme que vestían son el pan nuestro de cada día en numerosas peñas y cuadrillas de las fuerzas seguridad estatales. La España que estos bestias defienden es la dictadura del aguilucho; la mierda franquista, machista y homófoba que soportamos durante cuatro décadas; la Guardia Civil de los chistes donde un gitano se ponía un tricornio y automáticamente le entraban ganas de ponerse a repartir hostias; la España de Tejero gritando "al suelo todo el mundo" y pegando tiros al techo del Congreso.