Punto de Fisión

La mancha roja de un muro

Una imagen distribuida por la agencia de noticias BelTA muestra a los migrantes en su campamento en la frontera entre Bielorrusia y Polonia en la región de Grodno, Bielorrusia, el 10 de noviembre de 2021.- EFE

Hace sólo tres días la Europa cristiana, liberal, posmoderna y civilizada celebraba el 32 aniversario de la caída del Muro de Berlín, aproximadamente al mismo tiempo que la Europa cristiana, liberal, posmoderna y civilizada pedía a voces la construcción de otro muro antipersonas un poco más hacia el este, en la frontera entre Bielorrusia y Polonia. Al parecer, a la mayoría de los europeos a quienes se les rompe el corazón recordando que sólo medio siglo atrás hubiera gente jugándose la vida por escapar del comunismo les cabrea enormemente que ahora mismo haya gente jugándose la vida por escapar del comunismo. Es el problema de vivir la historia en presente o vivirla en pretérito perfecto, lo que se llama torear a toro pasado o freír un huevo frito.

Probablemente, la única razón por la que todavía no se ha levantado un muro bien gordo que separe el continente del bienestar del otro continente es que nuestros sabios próceres de la UE están esperando a que se cumpla el 33 aniversario de la caída del Muro, para que coincida con la edad de Cristo. La Europa cristiana, liberal, etc. no puede dejar pasar la oportunidad de celebrar estas Navidades con miles y miles de refugiados que repitan el papel de San José, la Virgen María y el Niño helándose de frío, pasando hambre y miseria a la intemperie, buscando el portal de Belén en Polonia. Era casi fatal que esta representación multitudinaria tuviera lugar al borde del país más cristiano, católico y apostólico de Europa, un país que sólo quiere ver a los refugiados en pintura, de tres en tres, guiados por un ángel y montados en un borrico. Los polacos se declaran mayoritariamente anti-antifascistas, aunque también podrían suprimir los prefijos por economía lingüística, declararse fascistas y así acababan antes. De hecho, en el momento de su alzamiento, allá por 1961, al Muro del Berlín los comunistas lo llamaban "Muro de Protección Antifascista".

Es verdad que la situación hoy día es muy distinta, con muchedumbres de migrantes empujados hacia la frontera polaca por las tropas bielorrusas: vienen por millares, engañados, desesperados, famélicos, con sus posesiones a cuestas, y se encuentran atrapados entre promesas y alambradas, enganchados a la palabra "libertad", que es una palabra muy grande pero sumamente espinosa. De este modo se va haciendo la política europea, a base de muros, alambradas y palabras; así se van fabricando la economía, la geoestrategia, la desunión europea, a base de grandes palabras, ladrillos semánticos -libertad, igualdad, solidaridad- que en la letra pequeña, al otro lado de las alambradas, se quedan en un viejo muerto de frío y una madre llorando con una niña en brazos. Pero en casa se está muy a gusto, aunque haya que pagar la calefacción a precio de oro, y por eso casi nadie se fija en la letra pequeña más que cuando le toca liar el petate.

Con la ayuda de Putin, Lukashenko, último fósil del comunismo europeo, está echando un órdago a la grande en la frontera polaca y a ninguno de los dos les importa lo más mínimo que miles de migrantes puedan morir en la apuesta: lo malo es que tampoco parece importarle mucho ni a los polacos ni a los europeos. En Varsovia están acostumbrados a vetar a los refugiados, ya vengan de Siria o de ahí al lado, y ahora parecen dispuestos a reeditar otra versión del Muro de Berlín para pobres y hambrientos bielorrusos: total, la mancha roja de un muro con otra verde se quita. La UE amenaza con duras sanciones económicas contra Bielorrusia y Lukashenko responde con cortar el suministro de gas a Europa, a ver qué pasa. En el ajedrez de la política siempre caen primero los peones y ya hay muchedumbres de ellos avanzando por un tablero demencial que no lleva a ningún sitio. Yo estuve por allí cerca, en el parque nacional de Bialowieza, un enero de quince años atrás, caminando sobre un palmo de nieve, y me sobrecogió la soledad de esos bosques cuajados de bisontes y lobos donde dabas tres pasos de más y estabas en la puta nada. Les aseguro que hace un frío que pela.