Punto de Fisión

Aguirre en punto y coma

La expresidenta madrileña Esperanza Aguirre. (EFE/J.J. Guillén)

Es muy extraño el revuelo que ha obtenido el caso de Manel Monteagudo, el hombre que decía haber estado 35 años en coma y que finalmente declaró que los periodistas le habían entendido mal, que lo que en realidad ocurría es que él es un fanático de la siesta. En 1979 Monteagudo cayó de una altura de seis metros en Irak y empezó a sufrir desmayos y pérdidas de conciencia continuas, un estado semivegetativo que no le impidió casarse, tener hijas e incluso escribir varios libros de poemas. Probablemente la poesía tiene mucho que ver en el asunto, ya que de todos es sabido que los poetas son gente distraída y de mal vivir que se pasan el día dormidos aun con los ojos abiertos. Tengo yo un amigo poeta que no sólo se casó y tuvo varios hijos sin darse cuenta de nada sino que, además, cuando quiso despertarse, ya se había divorciado dos o tres veces.

Lo verdaderamente anómalo del caso Monteagudo es la repentina publicidad que ha obtenido en un país donde abundan los ejemplos de pacientes que se han pasado lustros e incluso décadas en una modorra próxima a la inconsciencia. Está, por ejemplo, Ángel Gabilondo, que estuvo varios años en estado de hibernación, leyendo libros de filosofía, y a quien el PSOE resucitó con el fin de fracasar por enésima vez y por todo lo alto en la toma de Madrid cuando habría sido más efectivo intentar resucitar a Tierno Galván o a Largo Caballero. Está, por ejemplo, Mariano Rajoy, que se movía como un zombi por las mañanas para luego hundirse el resto del día en la lectura del Marca. Está, por ejemplo, Santiago Abascal, que despertó de un coma profundo desde el que dirigía un chiringuito y ahora lleva años pretendiendo que le convaliden el servicio militar a base de ponerse el chándal patriótico y de jurar bandera por tiempos. Está, por ejemplo, Pablo Casado que concluyó una licenciatura y un máster en Aravaca sin levantarse siquiera del sofá.

Otro caso extraordinario de coma intermitente es el de Esperanza Aguirre, quien presidió durante años la Comunidad de Madrid sin enterarse ni por casualidad de los desmanes y saqueos que llevaban a cabo sus allegados. El coma de Aguirre era tan pronunciado que lo mismo atropellaba a un agente de movilidad en Gran Vía que le descubrían un Goya inédito colgado en el salón de su casa. Con una facilidad asombrosa tanto para privatizar bienes púbicos como para acaparar mamandurrias y ranas, Aguirre posee también una especie de instinto de supervivencia con el que va esquivando las corruptelas y charcas de mierda que proliferan a su alrededor, del mismo modo que esas señoras sonámbulas capaces de sortear cualquier obstáculo, caminar a lo largo del alero de un rascacielos y regresar tranquilamente a la cama.

Hablando de camas, ahora la Fiscalía Anticorrupción quiere imputar a Aguirre por la reducción injustificada de camas en el Hospital Puerta de Hierro, un delito de prevaricación y malversación que se traduce en pérdidas cercanas a los diez millones de euros. Los fiscales siguen sin entender el milagro aritmético del liberalismo trilero: con doce nuevos hospitales públicos construidos durante su mandato, Aguirre consiguió la friolera de medio centenar de plazas hospitalarias más. Todo eso lo hizo, además, en estado semivegetativo, en punto y coma, sin enterarse de la Gürtel, ni de la Púnica, ni de González, ni de Granados, ni de Cifuentes, ni de nada de nada. La musa poética le viene por parte de su tío, Jaime Gil de Biedma. Contad si son catorce y ya está hecha la quiniela.