Punto de Fisión

Empacho de juancarlismo

Las placas tuneadas de Alcalá de Henares que Vox ha querido denunciar.

Durante mucho tiempo se oyó decir a los monárquicos españoles que ellos no eran monárquicos sino juancarlistas. Era algo conmovedor, un espectáculo muy bonito. A partir de los ochenta, el juancarlismo se transformó en un producto typical spanish, como la paella, los toros o el flamenco, un fenómeno que iba mucho más allá de su función política y que llenó el país de odas, monumentos, placas conmemorativas y alabanzas sin tregua. Si había que bautizar un colegio, se lo denominaba Colegio Rey Juan Carlos. Si había que bautizar un hospital, allá que iba el Hospital Rey Juan Carlos. Si había que estampar un sello, no podía faltar el rey Juan Carlos. Lo mismo estaba en los billetes de cinco y de diez mil pesetas -por encima de los dedicados a Falla, a Galdós y a Rosalía de Castro- que en el reverso de las monedas de euro, demostrando que la corona iba a caballo de los tiempos.

Aquí no había científicos, ni escritores, ni pintores, ni músicos, ni filósofos, porque todo o casi todo giraba en torno al monarca y su familia, desde los Premios Príncipe de Asturias a un torneo de fútbol. De ese modelo borbocéntrico y de ese empacho de juancarlismo no podía salir nada bueno, más que nada porque se celebraba a un señor cuyos méritos venían exclusivamente de mano de la lotería genética y del dedito de Franco. El juancarlismo iba tapando y encalando las flaquezas humanas del personaje hasta convertirlo en un superhéroe, un dios viviente, una estatua que se resquebrajaba con cada nueva noticia sobre una amante, un pobre oso tiroteado, una cacería de elefantes, una comisión millonaria, una barragana depredadora, una cuenta en Suiza. Al final la Universidad Rey Juan Carlos, con sus escándalos de plagios y sus títulos de chichinabo, ha resultado una metonimia.

Puesto que la realeza llevaba décadas usurpando el nombre de la realidad, este fin de semana un artista anónimo ha decidido darle un baño de realidad a la realeza rebautizando el nombre de la avenida Rey Juan Carlos de Alcalá de Henares con diversos apelativos fenomenológicos: avenida Prófugo, avenida Abu Dhabi, avenida Mataelefantes, avenida cuentas en Suiza. Hay que agradecerle a Vox la publicidad gratuita con que impulsó el asunto, que de otro modo no hubiera trascendido más allá de cuatro o cinco chistes. Aunque lo cierto es que nadie ha hecho más por demoler el juancarlismo que el propio rey Juan Carlos; debe de ser que ya estaba un poco harto de tanto endiosamiento.

A pesar de algunas jocosas excepciones, España carece de la gloriosa tradición británica de reírse de la familia real en periódicos, revistas y tabloides, una válvula de escape por la que, a cambio de unas cuantas carcajadas, la monarquía se perpetua manteniendo intactos sus privilegios. Bastó aquella hilarante portada de El Jueves para que secuestraran la edición completa, desvelando no sólo la quimera de la libertad de expresión en España sino los endebles cimientos de la propia institución monárquica. Zizek cuenta que en los regímenes comunistas del este de Europa existía un departamento de la policía secreta dedicado exclusivamente a idear y propagar chistes sobre la clase dirigente, una leyenda probablemente falsa pero que demuestra la eficacia del humor a la hora de desahogar las frustraciones de la gente. La risa nos ayuda a soportar lo insoportable. En ese sentido, tampoco nadie ha trabajado más que el rey Juan Carlos.