Punto de Fisión

Carlsen solo en la cumbre

Carlsen, durante una partida del Mundial esta semana. EFE/EPA/ALI HAIDER

Creo que fue a Fernando Arrabal al primero que le leí una interpretación geopolítica de la historia del ajedrez que comienza con un sacerdote extremeño, Ruy López de Segura, un estudioso de la apertura española considerado el mejor jugador de su tiempo y cuyo dominio en los tableros venía a reflejar la hegemonía del imperio de Felipe II. Dos siglos después, el francés Philidor cambió de arriba abajo la estrategia del juego al sostener que son los peones, no las piezas mayores, el alma del ajedrez, una idea que auguraba la Revolución Francesa.

Cuando, a mediados del pasado siglo, los soviéticos se convierten en la primera potencia mundial con el gran patriarca Mijaíl Botvínnik al frente, se establece una especie de Guerra Fría en las 64 casillas en que la formidable victoria de Bobby Fischer ante Boris Sppaski en Islandia preconizó la caída del Muro con dos décadas de antelación. Tras la inesperada fuga de Fischer, la feroz rivalidad entre Korchnoi y Kárpov encarnó el drama del disidente enfrentado al aparato estatal, mientras que la lucha entre Kárpov y Kaspárov, decidida a favor del último, anunciaba la llegada de la perestroika.

A partir de ahí, la alegoría geopolítica del ajedrez se desvanece entre batallas en los tableros y cismas de funcionarios. Kaspárov, rey indiscutible durante casi dos décadas y peleado con la FIDE, pierde el título a finales de siglo ante su antiguo discípulo, Vladimir Krámnik. Le sucede el indio Viswanathan Anand en 2007, quien fue destronado en 2013 por el actual campeón, el noruego Magnus Carlsen. Con todo, algo de verdad debe de haber en la alegoría cuando el mismísimo Vladimir Putin se ha empeñado en recuperar a toda costa el prestigio del ajedrez ruso, primero con Serguéi Kariakin y ahora con Ian Nepomniaschi. Entre medias, el estadounidense Fabiano Caruana tampoco logró derribar a Carlsen.

En el match que concluyó la semana pasada en Dubái, Carlsen se impuso de una manera apabullante. Después de cinco tablas seguidas, en las casi ocho horas que duró la agónica sexta partida, la más larga jamás disputada en un mundial, el noruego logró quebrar la resistencia de su rival y a partir de ahí "Nepo" no levantó cabeza. Volvió a hacer tablas con blancas en la séptima, pero un despiste en el movimiento 21 de la octava lo dejó casi sin opciones de dar la vuelta al marcador. Sin embargo, el mayor error de "Nepo" llegó en la novena partida, al permitir que Carlsen le atrapara un alfil en el medio juego. Con tres partidas perdidas, las dos  siguientes fueron un paseo militar para el noruego, quien entabló con blancas la décima y sentenció la undécima mediante un sacrificio de calidad bastante evidente.

A pesar de la pléyade de talentos que proliferan actualmente en la élite (Ding Liren, Caruana, Anish Giri, Mamedyarov, Aronian) ninguno parece una amenaza seria para Magnus Carlsen, quien se encuentra en una tesitura parecida a la del cubano José Raúl Capablanca durante la década de los veinte, cuando destronó al gran Emmanuel Lasker y ningún jugador del mundo parecía capaz de hacerle frente. Capablanca incluso especuló con la idea de abandonar el ajedrez o de complicarlo con variantes de su invención en que dos piezas nuevas, el arzobispo y el canciller, combinaban los movimientos de caballo y alfil, y caballo y torre respectivamente. Su indolencia a la hora de entrenar y su falta de preparación teórica fueron claves en su estrepitosa derrota de 1927 en Buenos Aires, ante el prodigio ruso Alexander Alekhine, tal vez el duelo más bello y enconado de la historia del ajedrez.

Al contrario que Capablanca, Carlsen no deja de entrenar ni de estudiar con ayuda de los ordenadores y de inteligencias artificiales como AlphaZero, que han revolucionado siglos de teoría ajedrecística mediante tácticas y estrategias que parecen de otro planeta. Pero Capablanca, como todos los grandes campeones, tuvo una némesis personal, Alekhine, del mismo modo que Steinitz tuvo a Lasker, Lasker a Capablanca, Alekhine a Euwe, Botvínnik a Tal y a Petrossian, Petrossian a Spasski, Spasski a Fischer, Kárpov a Korchnoi y a Kaspárov, y Kaspárov a Kramnik. De momento, Carlsen está solo en la cumbre y esa soledad tal vez sea una desgracia no sólo para él sino para el deporte de las 64 casillas. La autoridad con que ha barrido a "Nepo" del tablero, mayor aún con la que se deshizo de Caruana y de Kariakin, hacen pensar si hay algún futuro campeón asomando en el horizonte. Todos los aficionados hablan del joven genio de origen iraní Alireza Firoujza, de 18 años de edad, segundo en el ranking mundial y ya clasificado al Torneo de Candidatos de 2022. "Me motiva más que cualquier otra cosa" ha dicho Carlsen.