Punto de Fisión

Ayuso disfrazada de sí misma

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, comparece en la presentación del funcionamiento de la nueva videoconsulta médica, en el Hospital Universitario de Henares. E.P./Alberto Ortega
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, comparece en la presentación del funcionamiento de la nueva videoconsulta médica, en el Hospital Universitario de Henares. E.P./Alberto Ortega

No suelo tirar de frases hechas a la hora de escribir, pero difícilmente se me ocurriría algo mejor que la expresión "guerra sorda" para calificar el grado de esperpento que ha alcanzado la rivalidad entre Casado y Ayuso. Hay una competición de despropósitos y necedades tan evidente que no queda más que imaginar que se trata de una estrategia deliberada con el fin de rebañar votos en un electorado que premia básicamente las necedades y los despropósitos. Hace mucho -al menos desde los tiempos de Berlusconi e incluso de Jesús Gil, pionero en tantas cosas- que la política prescindió de la sensatez, la inteligencia y la cultura y decidió apostar por los mondongos del gran espectáculo, del circo y del reality. No es que Ayuso y Casado no se entiendan entre ellos, más bien ocurre que los sordos somos nosotros.

En efecto, sólo mediante un guión perfectamente elaborado por un bien engrasado equipo de asesores puede entenderse la escalada de disparates protagonizada por ambos en los últimos meses. Por eso, después de presentarse por sorpresa en una misa de réquiem por Franco con aguiluchos y cánticos de Cara al sol, Pablo Casado concedió una rueda de prensa ante un rebaño de vacas: dos operaciones que por sí solas ya son la hostia, pero que juntas dan para empezar otra guerra civil u otra pandemia, lo que llegue primero.

De hecho, la imagen de la vaca supone el cenit de una serie de estampas agropecuarias en las que el líder del PP se nos muestra como un travesti laboral, un hombre capaz de llevar las riendas del gobierno gracias a su inmersión fotográfica en granjas, panaderías, tractores, viñedos y laboratorios. "La vacuna contra los populismos es no disfrazarse de populistas" dijo Casado el pasado noviembre, cuando ya sólo le faltaba probarse el disfraz de enfermera, el de tenista y el de pescador de atunes. Antes ya se había disfrazado de estudiante con tanto éxito que hasta se sacó el título. Ahora nos reímos mucho, pero nos vamos a partir la caja cuando le toque disfrazarse de presidente del Gobierno.

Sin embargo, el penúltimo escollo en su galope hacia el trono de Halloween es una mujer, Isabel Díaz Ayuso, que no necesita caretas para arrasar con el favor del público. Si se trata de hacer el ridículo (y está visto que en la política española y en buena parte de la mundial no se trata de otra cosa), nadie puede hacerle sombra a una señora que comenzó su carrera hacia la fama traduciendo a un perro como si gestionara la Comunidad de Madrid y que gestiona la Comunidad de Madrid como si siguiera traduciendo al perro. Después de muerto y sin acabarse la rabia, que es mucho más difícil.

De modo que, visto el protagonismo que había alcanzado Casado el fin de semana gracias a su numerito de zoofilia, Ayuso aprovechó el Congreso del PP en Castilla y León para modificar la historia peninsular y meter al Reino de León en el de Castilla con varios siglos de adelanto. Dos días después, en medio de la demolición de la Sanidad madrileña, tuvo el cuajo de anunciar el programa de videoconsultas sanitarias como una versión del médico en casa por teléfono, un adelanto que encantará a todos los votantes del PP que llevan en lista de espera meses o años y que podrán hacerse una radiografía o una operación de vejiga a distancia mientras se toman unas cañas.

En vez de presentar esta novedosa chorrada por videoconferencia o mediante el recurso del plasma, Ayuso acudió en persona al Hospital del Henares para que los vecinos de Coslada y los manifestantes del personal sanitario la abucheasen a gusto. A fin de cuentas, los silbidos y abucheos son música para sus oídos, ya que en cuestión de decibelios Ayuso lleva mucha ventaja. Ni siquiera tiene necesidad de disfrazarse o de que la abuchee una vaca.