Punto de Fisión

Pero sigo siendo el rey

El rey Felipe y su padre, el rey Juan Carlos, momentos antes de asistir a la ceremonia de entrega de los Premios Nacionales del Deporte 2017 que ha tenido lugar hoy en el Palacio de El Pardo. Imagen de enero de 2019 EFE/Ballesteros

No todas, pero algunas guerras hacen mucho ruido y mucho humo, los suficientes como para camuflar otras noticias que pasan de puntillas debajo del estruendo bélico. En España siempre se han aprovechado muy bien las polvaredas que levantan los conflictos armados, por ejemplo, a mediados de enero de 1991, Alfonso Guerra aprovechó la inminente invasión de Irak por parte de una coalición internacional liderada por Estados Unidos para dimitir del cargo de vicepresidente. Alfonso Guerra llevaba prácticamente un año soportando las portadas dedicadas a su hermanísimo Juan, implicado en diversos escándalos de corrupción, y vio que el recrudecimiento de la Guerra del Golfo, con todos los informativos enfocados en el bigote de Sadam Hussein, era el momento idóneo de abandonar el barco. Fue una jugada maestra porque entre tanta guerra y tanto golfo, la gente ni se enteró de lo que estaba pasando.

La guerra de Ucrania le vino al PP que ni hecha de encargo para tapar el holocausto caníbal con que se estaban matando unos a otros a la vista de todo el mundo. No hay comparación posible entre los bombazos y las puñaladas por la espalda, como tampoco la hay entre los cadáveres auténticos y los políticos. Boris Johnson estaba a punto de inaugurar uno -troceado y disecado después de conocerse esos jolgorios alcohólicos de Downing Street celebrados en plena pandemia donde utilizaban las mascarillas de posavasos-, pero Putin llegó justo a tiempo. El rescate in extremis de Johnson guarda ecos de la Guerra de las Malvinas, cuando el inesperado desembarco argentino insufló oxígeno al exhausto gobierno de Margaret Thatcher.

Gracias a la cortina de humo de la invasión rusa, hace una semana pasaron casi desapercibidos los bandazos de la comisión percibida por el hermano de Díaz Ayuso, una cifra que primero se calculó en 283.000 euros, luego en nada, luego en 55.000 y luego otra vez en 283.000 euros (da la impresión de que este otro hermanísimo, más que vender mascarillas, estaba jugando al petaco). Visto el fervor ciego y sordo que sienten los madrileños por su presidenta, sobraban tanques y cañones, ya que bastaba con que Ayuso sobrevolara la capital con una cometa para que le hicieran la ola.

Otro tanto puede decirse del exceso de prudencia con que la justicia española ha utilizado el paraguas bélico para exonerar al rey Juan Carlos de un montón de delitos relacionados con comisiones ilegales y fraudes fiscales. A falta de regalarle una licencia para robar al estilo de la de James Bond, la Fiscalía asegura que algunos de esos delitos habían prescrito mientras que los demás delitos estaban cubiertos por el estatuto de inviolabilidad que blindaba al monarca, uno de esos borrones medievales de nuestra Constitución que vienen escritos en la letra de una ranchera:

Con dinero y sin dinero

hago siempre lo que quiero

y mi palabra es la ley.

No tengo trono ni reina

ni nadie que me comprenda,

pero sigo siendo el rey.

Un mensaje de Nuevas Generaciones del PP celebrando este nuevo desbarajuste jurídico con la foto del emérito ("En fila de a uno para pedir perdón") demuestra no sólo el nivel de vasallaje y lameculismo de ciertos sectores de la sociedad española sino la alegría con que tragamos la mierda a toneladas. Joder con las Nuevas Generaciones, anda que no son antiguas. Dijo Alfonso Guerra hace ya tiempo que a España no la iba a conocer ni la madre que la parió, pero España sigue siendo la misma chacha analfabeta de siempre mientras que al que no conoce ni su madre es a Alfonso Guerra. En cuanto al rey Juan Carlos, lo triste es que ya lo conocemos todos.