Punto de Fisión

Thick as a Brick

Ian Anderson, en un concierto en Oxfordshire (Reino Unido) en 2004. WIKIPEDIA / Brian Marks

Hace poco más de medio siglo, exactamente el 3 de marzo de 1972, salía a la venta Thick as a Brick, el quinto álbum de Jethro Tull, que muchos fanáticos de la banda consideran no sólo la cima de su arte sino uno de los discos fundamentales del rock. Jethro Tull es uno de los últimos dinosaurios de la música, un superviviente de la edad dorada de los sesenta y los setenta, cuando triunfaron las grandes bandas del denominado rock progresivo (Yes, ELP, Genesis, Camel, Gentle Giant) y cada una de ellas lo hizo con un estilo único, reconocible desde el primer compás. El de Jethro Tull, tras un tímido tanteo con el blues y el jazz en sus comienzos, siempre ha sido un irresistible cóctel de rock duro y folk teñido de toques celtas y aromas isabelinos, un sonido potente y soberano en el que por encima de la guitarra eléctrica de Martin Barre flota inconfundible la flauta travesera de Ian Anderson, cerebro y corazón de la banda, el juglar sostenido sobre una sola pierna, cantante, compositor, motor y líder en ocasiones tiránico de un invento por el que han pasado más de una treintena de músicos.

Anderson es el único que se ha mantenido incólume desde 1967 a través de todas las metamorfosis y el que sigue en pie, a sus 74 años, al frente de esta formación mítica que la semana próxima pasará por Madrid y Cartagena para presentar su último álbum, The Zealot Gene, el primero con el nombre de Jethro Tull en dos décadas. En realidad, en ese largo intermedio, Anderson sacó varios discos a su nombre, el penúltimo de ellos en 2012, Thick as a Brick 2, un homenaje y una visita a su obra maestra que, como casi todos sus álbumes desde los ochenta -salvo pocas excepciones- brillan por desgracia muy lejos de la inspiración y el genio que alentaron Aqualung (1971), A Passion Play (1973), Minstrel in the Gallery (1975), Songs from the Wood (1977), Heavy Horses (1978) y Stormwatch (1979).

Y, por supuesto, Thick as a Brick, la sorprendente respuesta de Anderson a los críticos que habían saludado Aqualung como un álbum conceptual que gira alrededor de una acerba crítica a la religión organizada. A Anderson eso de que había escrito un álbum conceptual no le gustó nada y decidió lanzarse en una especie de juego cervantino hacia una parodia del rock progresivo que acabaría siendo algo así -en palabras de Vicente Álvarez, autor de Jethro Tull y el faro de Aqualung, la Biblia en castellano sobre la banda- como el Quijote de todos los álbumes conceptuales. La ambición del proyecto se adivina desde su estructura: una única canción de 43 minutos -dividida en dos partes por exigencias del vinilo-, un torrente de ritmos y melodías que prácticamente dobla la duración de las grandes suites de Emerson, Lake & Palmer, Genesis, Yes y Mike Oldfield.

Para aumentar las apuestas, el disco salió a la calle envuelto en la portada más fastuosa y delirante del rock: un periódico de 12 páginas en cuya portada aparecía la noticia de un niño de 12 años (Gerald Bostock, apodado Little Milton), que había ganado un concurso de poesía con Thick as a Brick, un largo poema que criticaba el modo en que la sociedad destroza la originalidad y el talento del individuo y que finalmente fue descalificado por atentar contra "la vida, Dios y la patria". Por supuesto, todo esto era una sofisticada broma casi borgiana, aunque algunos críticos llegaron a tragarse el pastel y realmente creyeron que la letra -lírica, sarcástica y compleja, como tantas de Ian Anderson- era obra de un pequeño bardo menor de edad.

No era la única broma del falso periódico cuajado de noticias absurdas y atravesado de un humor enloquecido, al estilo de los Monty Python, aunque lo verdaderamente asombroso surgía en el momento de apoyar la púa en el vinilo. Un comienzo maravilloso, con un arpegio inolvidable sobre el que Anderson -uno de los grandes intérpretes de la guitarra acústica- canta con ternura y cachondeo: "Realmente no me importa si no participas en esto, mis palabras son un susurro, tu sordera es un grito". Los golpes secos y cortantes de la sección rítmica van rompiendo en pedazos la balada que de repente desemboca en un riff tremendo, un anticipo del estruendo fabuloso que viene a continuación y que vertebra toda la composición entre la calma y la tempestad, la caricia y el choque, la rabia y el lirismo, la energía y la gracia.

En mi opinión, la primera gran tragedia de Jethro Tull tuvo lugar cuando Anderson despidió a la encarnación perfecta de la banda tras la muerte del bajista John Glascock en 1979. Con excepción de su escudero, el gran guitarrista Martin Barre, se deshizo de un batería sobrenatural, Barriemore Barlow, y dos teclistas de ensueño, John Evan y David Palmer. A pesar de que contrató a instrumentistas de primera fila para cubrir las bajas, Jethro Tull nunca volvió a brillar con aquella aura mitológica y mucha de la culpa la tuvo el propio Anderson por intentar adaptarse a la moda de los sintetizadores y al sonido facilón de los ochenta.

La segunda gran tragedia, la irreparable, ocurrió en el momento en que Anderson sufrió un espasmo en la garganta durante la agotadora gira del Under Wraps, en 1984. Su voz nunca volvió a ser la misma y en los últimos años ya no es ni la sombra de lo que fue en los setenta, hasta el punto de que ha llegado a contratar un cantante de apoyo en los conciertos para ayudarle en las notas altas. No importa, porque la semana próxima los incondicionales de Jethro Tull estaremos al pie del cañón para ver al eterno trovador de la flauta en su enésimo avatar, para oírle decir, quizá cantar, que todavía es demasiado joven para morir aunque ya todos seamos demasiados viejos para el rock’n’roll.