Punto de Fisión

El boicot de la ensaladilla rusa

Ensaladilla rusa
Ensaladilla rusa

El boicot internacional contra Rusia ha alcanzado proporciones grotescas y no se descarta que en los próximos días vaya más lejos aún en esta espiral de disparates digna de un número de los Monty Python. De hecho, hace años que en el mundo occidental la política, la cultura y los deportes han adquirido el tono de un especial de los Monty Python, excepto en España donde suenan más bien a Gila y a Chiquito de la Calzada. Esta vez, sin embargo, cuando algunos restaurantes hispánicos han decidido iniciar por su cuenta la cancelación de la ensaladilla rusa (rebautizándola como "ensaladilla Kiev"), la historia tiene ecos de aquel chiste de Eugenio en el que un español y un ruso charlan en un tren y el español, como no tiene ni puta idea de Rusia, dice que le encanta la ensaladilla rusa y los polvorones de Estepa (esperemos que no tengan que cambiar el nombre por "polvorones de Tundra" o "de Banquisa").

Este boicot alimenticio recuerda aquella soberbia necedad de los estadounidenses en 2003, cuando no sólo se negaron a importar quesos y vinos franceses sino que rebautizaron las tostadas y patatas fritas -conocidas en Estados Unidos como "french toasts" y "french fries"- por "tostadas libertad" y "patatas libertad". Como no será de serio el asunto que ha tenido que salir uno de los cocineros de referencia nacionales, Alberto Chicote, a asegurar que la ensaladilla rusa no tiene nada que ver con Rusia. No es el único lugar donde fríen patatas, ya que en Canadá han decidido renombrar una receta de patatas fritas con queso y salsa porque el nombre con que se la conoce desde los años cincuenta, "poutine", recuerda sospechosamente a Putin.

Más allá de la ensaladilla y las patatas, la Filmoteca de Andalucía, empeñada en un ciclo de homenaje en el centenario de Stanislaw Lem, ha decidido retirar la adaptación que hizo en su día Andrei Tarkovski de Solaris, sustituyéndola por la homónima de Soderbergh. Cuando entrevisté a Lem en Cracovia, allá por 2005, me confesó que, aunque no le gustaba mucho la película de Tarkovski, la de Soderbergh no había por dónde mirarla. Para no perder comba, la Universidad de Bicocca, en Milán, intentó cancelar un curso sobre Dostoievski para protestar contra la invasión rusa de Ucrania. Han sido tantas las críticas contra esta gilipollez -incluyendo un mensaje del senador Matteo Renzi- que los profesores han decidido recular, aunque seguramente deberían dejar de lado Los hermanos Karamazov y ceñirse exclusivamente al estudio de El idiota.

No menos estúpida ha sido la expulsión del gran director ruso Valery Gergiev de los festivales de Lucerna, Verbier y La Scala de Milán, así como su despido fulminante del podio de las Filarmónicas de Munich y de Rotterdam, por negarse a condenar la invasión rusa y por ser amigo de Putin. Otro tanto le ha ocurrido a la soprano Anna Netrebko, quien ha sido vetada en La Scala de Milán, la Ópera de Zurich, la Ópera Estatal de Baviera y la Ópera de Nueva York. Esta historia actualiza el acoso que sufrió el gran compositor soviético Dimitri Shostakovich en la gira que realizó por Estados Unidos en 1949, cuando le pidieron que condenara expresamente el régimen de Stalin. Shostakovich tuvo que hacerse el sordo, algo a lo que ya estaba acostumbrado, porque unas simples declaraciones suyas podían haberle costado el exilio a él y la vida a su esposa y a sus hijos o, al menos, un viaje con todos los gastos pagados a un gulag siberiano.

En fin, como no hay mal que por bien no venga, entre la lluvia de cancelaciones promovidas por diversas organizaciones, plataformas televisivas y compañías cinematográficas, al menos los rusos se han librado de participar en el próximo festival de Eurovisión y del estreno en pantalla grande de la enésima versión de Batman. Mucho más duro va a resultar el boicot al vodka ruso anunciado en todo el territorio de Estados Unidos, aunque todavía se ignora si no resultará más penoso para los borrachos norteamericanos que para los productores rusos. Las que se están forrando a manos llenas son las hidroeléctricas españolas que están aprovechando que el Pisuerga pasa por Moscú para hacer el agosto en marzo.