Punto de Fisión

Okupar en nombre de Ucrania

Agentes de policía (L) usan un vehículo equipado con un selector de cerezas para acercarse a un grupo de ocupantes ilegales en el borde de un balcón después de que ocuparon una mansión en Belgrave Square, en Londres, Gran Bretaña, el 14 de marzo de 2022. Se sospecha que la mansión pertenece al multimillonario ruso Oleg Deripaska, uno de los siete oligarcas rusos incluidos en la lista de sanciones de Gran Bretaña la semana pasada como parte de la respuesta del Reino Unido a la invasión rusa de Ucrania. (Rusia, Ucrania, Reino Unido, Londres) EFE/EPA/JOSHUA BRATT

El doble rasero que los medios están imponiendo en la cobertura de la guerra de Ucrania no conoce límites. Para empezar, la propia cobertura, que supera ampliamente la de todos los conflictos bélicos de las últimas décadas juntos, no sólo los de Yemen, Palestina, Siria o Libia, sino también los de ahí al lado de Ucrania, en Georgia o sobre todo en Chechenia, donde el grado de devastación del ejército ruso alcanzó extremos apocalípticos: la capital, Grozni, fue reducida a escombros y se estima que hubo alrededor de un cuarto de millón de víctimas civiles, cuarenta mil de ellas niños. Sin embargo, a diferencia de los ucranianos, los chechenos apenas ocuparon un rinconcito en los telediarios y los periódicos, a lo mejor porque muchos eran musulmanes.

Aun así, tanto en dimensiones como en desinterés informativo, Chechenia palidece en comparación con la segunda guerra del Congo o guerra del Coltán, una contienda que se alargó cinco años, implicó a una docena de países, provocó hambrunas, epidemias y migraciones masivas de refugiados, contabilizando en total más de cinco millones de muertos. El mayor enfrentamiento armado del que se tiene noticia en el continente africano. Salvo muy pocas excepciones, tampoco aparecieron reportajes, imágenes ni entrevistas con las víctimas, a lo mejor porque entre los diamantes y el coltán era más conveniente no estorbar las masacres, a lo mejor porque la inmensa mayoría eran negros. Total, a quién le importa.

En cambio, Ucrania, como se ve, importa mucho, hasta el punto de que dos grupos de activistas ocuparon el pasado martes dos villas de lujo en Londres y en Biarritz -propiedades ambas de sendos oligarcas rusos- y en algunas tertulias televisivas se celebró la okupación como una forma alternativa de joder a Putin y de ayudar al pueblo ucraniano. La idea era protestar contra la invasión rusa al tiempo que se ofrecían ambas mansiones a los refugiados ucranianos, pero al día siguiente los activistas fueron desalojados y detenidos por la Policía. Por un momento, en las mesas de debate dio la impresión de que los tertulianos estaban a favor de la expropiación siempre y cuando los propietarios sean multimillonarios rusos sancionados por la comunidad internacional ante sus simpatías con el gobierno invasor. Uno de ellos, Kirill Shamalov, dueño de la villa de Biarritz, cuenta con el agravante de ser yerno de Putin, lo que ya parece suficiente castigo.

La iniciativa de Londres y Biarritz no es muy distinta a las acciones de "La Ingobernable", un colectivo que okupó y montó un centro social y una biblioteca para mujeres en el número 30 de la calle del Prado en Madrid, en un edificio público que la alcaldesa Ana Botella había regalado a sus amiguetes especuladores, y que finalmente fue desalojado al poco de hacerse Almeida con la vara de alcalde. O al Patio Maravillas, otro inmueble okupado en protesta contra la especulación inmobiliaria desde el que se organizaron toda clase de actividades culturales, conciertos, lecturas, un taller de reparación de bicicletas, una academia de baile y un gabinete de asesoría legal.

Si los okupas hubiesen ido ahora con una bandera de Ucrania, seguramente los mismos que los llamaban holgazanes, perroflautas y vagabundos aplaudirían la expropiación en nombre de la solidaridad con los refugiados. O tal vez no, porque correrían el peligro de ser tomados por peligrosos anarquistas o por absurdos defensores de ese artículo constitucional que habla del derecho a una vivienda digna. Con la cantidad de inmuebles vacíos propiedad de los gerifaltes de la hidroeléctricas, de los prebostes de la iglesia y de los corruptos y mangantes de las cajas que aún nos deben más de cien mil millones de euros en concepto de rescate bancario, habría para montar en España una sucursal de Kiev. Afortunadamente para ellos, no son rusos: sólo oligarcas.