Punto de Fisión

Comisiones Almeida

Almeida, durante la sesión plenaria del pleno municipal celebrado el 29 de marzo de 2022 en Madrid. EFE/ Juan Carlos Hidalgo

Tener amigos y poder conectarlos es una de las mayores satisfacciones que uno puede disfrutar en este mundo. Es como hacer de casamentero sin sexo y sin boda, establecer vínculos entre personas que parecen medias naranjas en busca de su mitad perdida pero que, sin un empujón desde la periferia, podrían acabar como los papanatas ésos del cuento de Henry James, Los amigos de los amigos, que pasan por la vida sin saber que están hechos el uno para la otra. En términos literarios yo he arreglado unos cuantos matrimonios por poderes entre mi gran amigo, el escritor y editor Román Piña, y varios narradores y poetas, entre ellos, Daniel Díez Carpintero e Iván Reguera. De ahí han salido unos cuantos libros magníficos, como La cabalgata y Liquidación, de Reguera, o Nunca se sacia el ojo de ver y El mosquito de Nueva York, de Díez Carpintero.

Es verdad que ninguno de esos volúmenes -a pesar de lo buenos que son o precisamente por eso- ha resultado un gran éxito de ventas, aunque, de haber resultado, tampoco me habría esperado yo una comisión más allá de una cena o unas cervezas. En cambio, la cosa sería muy distinta si, en lugar de contactar a un editor y un escritor, yo hubiese contactado, no sé, pongamos por caso a a un grupo de empresarios multimillonarios y a uno de esos países árabes forrados de petrodólares con necesidad de un tren de alta velocidad y unas buenas vías férreas. Ahí la amistad ya se cuenta en cheques con varios ceros a la derecha, porque, si bien es cierto que la amistad no tiene precio, lo mejor es ponerle uno a la altura del negocio. Una cena, unas cervezas, un jamón de jabugo, un cheque de cinco o seis ceros.

Para estos contactos de altos vuelos no vale con leer mucho y tener buenas intenciones: hace falta también sangre azul, un toque aristocrático, y, si es monárquico, miel sobre hojuelas. En ocasiones tampoco son imprescindibles los títulos nobiliarios: basta con que haya un lazo sanguíneo de por medio. De ahí que Ayuso se sienta estupefacta ante el lío que se ha montado entre varias fiscalías y su hermano, como si por ser hermano de la presidenta de la Comunidad de Madrid uno no pudiera hacer negocio. Le ha faltado responder lo mismo que John Huston en una rueda de prensa, cuando le preguntaron si le había dado el papel protagonista a su hija Anjelica en su película Paseo por el amor y la muerte por nepotismo. "Por nepotismo no", replicó Huston al entrometido reportero, "sino porque es mi hija".

La Fiscalía Anticorrupción está investigando si Luis Medina Abascal, hijo del duque de Feria y de Naty Abascal, cobró en marzo de 2020 un millón de euros como intermediario entre altos cargos del Ayuntamiento de Madrid y un empresario amigo suyo, Alberto Lucero Cerón, para comprar material sanitario y equipos de protección que incluían mascarillas y test de anticuerpos de baja calidad traídos desde China con un sobrecoste estratosférico. Hay indicios de falsedad documental, delito fiscal y blanqueo de capitales, y de momento Luis Medina Abascal ha declinado hacer declaraciones.

Cabe preguntarse cómo en estos tiempos bendecidos por la tecnología, con teléfonos vía satélite y mensajería electrónica, necesitaban Almeida y los responsables del Ayuntamiento tanto intermediario para comprar mascarillas, pero no hay más que recordar que Sean Thornton, soltero, tuvo que contratar a Michaleen Oge Flynn para ligarse a Mary Kate Danaher, solterona, en El hombre tranquilo. La primera vez que ve a Mary Kate paseando con su cabellera roja por los verdes prados de Innisfree, Thornton le pregunta a Flynn si ella es de verdad o sólo un sueño: "Es muchísimo peor, sin duda es un espejismo provocado por la sed". Qué podía hacer Almeida si hasta John Wayne tuvo que llamar a un casamentero.