Punto de Fisión

Matar en particular o en general

El condenado Manuel Murillo Sánchez en su pasada comparecencia ante la Audiencia Nacional.- EFE

En los cuestionarios de entrada de ciertos países hay preguntas que parecen de chiste pero que están planteadas completamente en serio y pobre del viajero al que se le ocurra bromear con ellas. Preguntan, por ejemplo, si piensas introducir armas en el país, si llevas bombas desactivadas entre el equipaje, si vas a cometer actos terroristas según salgas del hotel, si participaste en las masacres de la Alemania nazi de 1933 a 1945 o si eres sospechoso de genocidio o de crímenes contra la humanidad. En algún viejo formulario de la aduana de Estados Unidos había preguntas mucho más específicas, por ejemplo, si planeabas asesinar al presidente o si el ratón Mickey te resultaba atractivo sexualmente y te lo montarías con él una noche.

Da un poco de mal rollo pensar que las escasas personas que podrían contestar afirmativamente a las más chungas de esas preguntas (lo del genocidio, crímenes contra la humanidad, actos terroristas y atentar contra el presidente) ni siquiera tendrían que pasar por la aduana. Es más, podrían rellenar el formulario en plan coña y terminar con una declaración de intenciones: "Sí a todo y además voy a dar un golpe de estado". En teoría, Kissinger, Pinochet, Bush Jr., Obama o Putin podrían haber firmado formularios de este estilo antes de aterrizar en Grecia, Indonesia, Chile, Irak, Honduras o Ucrania. Bush Jr. hasta habría pedido el teléfono del ratón Mickey.

El problema, no obstante, es que en la práctica resulta imposible juzgar un crimen antes de que se produzca, atendiendo únicamente a las intenciones. De hecho, ya es bastante difícil conseguir pruebas en un caso de asesinato. Por eso no acabo de comprender la primera parte de la sentencia contra Manuel Murillo, el vigilante de seguridad de sesenta y pico años que alardeaba en un grupo de guasap, entre otras muchas barbaridades, de que iba a cazar a Pedro Sánchez y a poner su cabeza de trofeo encima de la chimenea.

Entiendo los cinco años de prisión por tenencia de armas de guerra, porque el tipo guardaba un arsenal como para irse a Ucrania en una furgoneta y montar una reedición de la División Azul. Pero reconozco que los dos años y seis meses por el delito de "homicidio en grado de proposición" son un completo misterio para mí, sobre todo teniendo en cuenta que el tribunal admite que no había ningún plan mínimamente plausible y que la amenaza contra la vida del presidente sonaba más bien a una bravuconada de borracho. Tan poco creíble sonaba que los magistrados redujeron los 18 años y medio de prisión que pedía la Fiscalía a dos años y medio, sin aplicar en ningún caso los eximentes de necedad y alcoholismo en grado de orujo.

Digo que es extraño porque hace un par de años, en otro grupo de guasap, un grupo de generales y altos mandos militares retirados fantaseaba con la idea de dar un golpe de estado y fusilar a 26 millones de españoles, español arriba o abajo. La verdad es que no hablaban exactamente de españoles sino de "hijos de puta" y uno de los mensajes era mucho más explícito que el Mein Kampf: "Yo confío en que salga otro matarrojos, pero que esta vez no se quede corto. Hay que aniquilar a 26 millones, niños incluidos".

Entonces la Fiscalía no vio delito de odio por ningún lado, probablemente porque los generales, igual que ciertos adalides de la ultraderecha, planean sus fusilamientos con mucho amor, con mucho cariño. Además, el código penal español recoge el homicidio en grado de proposición, mientras que las propuestas de genocidio en masa no están ni en una nota a pie de página. En eso le da la razón a Stalin, quien decía, presuntamente, que la muerte de una persona es una tragedia, pero la muerte de un millón de personas sólo una estadística.

Hizo mal Manuel Murillo en no dirigir su odio a los 26 millones de hijos de puta sobre los que se puede planear un exterminio impunemente: en vez de eso, apuntó a la cabeza de Pedro Sánchez, que es una persona concreta y encima presidente del gobierno. Menos mal que no dijo nada de violar al ratón Mickey o a Don Pimpón, porque lo mandan a galeras. En el pliego de descargo de la Fiscalía no especifica si los generales iban hasta arriba de medallas, de orujo o de anís del Mono, pero casi seguro que estaban sobrios.