Punto de Fisión

Inda y el periodismo de ficción

Antonio García Ferreras y Eduardo Inda en un momento de Al Rojo Vivo

Parece que la profesión periodística no se ha conmovido gran cosa tras el descubrimiento de los audios entre Ferreras y Villarejo en los que salía a la luz que la exclusiva sobre una cuenta en las Isla Granadinas a nombre de Pablo Iglesias era más falsa que una moneda de madera. Debe de ser que en la profesión ya están más que acostumbrados a montajes y manipulaciones de cualquier tipo hasta el punto de que se tragan lo que sea. La semana pasada, sin ir más lejos, en el programa de Ana Rosa Quintana emitieron un video troceado de Irene Montero en el que sus declaraciones sobre la tragedia de Melilla quedaban reducidas a una sentencia socrática: sólo sé que no sé nada. Multitud de tertulianos, periodistos y opinadores se lanzaron al cuello de Montero aprovechando que el Pisuerga pasa por Nueva York, sin reparar en que era un video de la Señorita Pepis y que las auténticas declaraciones de Montero se habían quedado en la sala de montaje. Luego, uno tras otro, fueron rectificando y comiéndose sus palabras, pero el daño ya estaba hecho, porque rectificar la trayectoria de un dardo, una vez que el dardo está clavado, es muy difícil.

En el justo medio de la polémica sobre Iglesias se encontraba Eduardo Inda, director de OK Diario, el señor de las patrañas, un periodisto capaz de atragantarse a sí mismo como si lo estuviera ahogando el puño de Darth Vader. Sentar a Inda y a tantos como él en esos gallineros televisivos donde quien más grita es quien lleva la razón resulta un perfecto ejemplo del nivel al que han descendido las tertulias políticas en España: una réplica de Sálvame Deluxe en la que los auténticos periodistas están mezclados con los hooligans de turno del mismo modo que los profesores de una orquesta sinfónica en mitad de un cónclave de reggaetoneros. No se puede separar el grano de la paja cuando lo que sale de esos altavoces no es más que una avalancha de trolas, hipérboles, insinuaciones, paparruchas y posverdades a medias.

Sin embargo, en plena era de la posverdad, cuando triunfan personajes de la talla de Trump, Ayuso o Berlusconi, es lógico que haya una prensa a su imagen y semejanza, una prensa vasalla y lameculos al servicio de las élites económicas que se dedique a espachurrar, acallar y tergiversar cualquier brote de disidencia. En principio, el periodismo nació exactamente con la función inversa, la de correctivo del poder, pero desde los tiempos de William Randolph Hearst, probablemente desde antes, ha existido la falsa información, la desinformación, los voceros de los magnates y la noble tinta de los diarios metamorfoseada en tinta de calamar. Existe una frase atribuida a Orwell -aunque hay quien cita a Hearst como primera fuente- que revela la esencia misma del oficio: "Una noticia es publicar algo que alguien no quiere que publiques; todo lo demás son relaciones públicas". La que tiene la firma de Hearst, sin vuelta de hoja, es esta otra, en vísperas de la guerra entre España y Estados Unidos: "Ponga usted las fotos que yo pondré la guerra".

Hearst fundó un imperio periodístico basado en la manipulación, la mentira y el escándalo prefabricado, unos métodos deleznables que Orson Welles plasmó en una de las obras maestras del cine, Ciudadano Kane. Hoy en día, cuando las noticias se publican casi en el mismo instante de producirse y los medios de verificación son prácticamente instantáneos, prevalece un nuevo periodismo que no tiene nada que ver con el que predicaran Tom Wolfe, Joseph Mitchell o Gay Talese, pero que ha llevado al límite la mezcla entre realidad y ficción, así como el emborronamiento de los límites entre el periodismo y la novela. Hoy en día cualquier pajarraco puede salir por la tele y decir lo primero que se le ocurra, que habrá un montón de colegas dispuestos a amplificar el bulo en periódicos, telediarios y redes sociales antes de que haya oportunidad de desmentirlo. Mentir hacia delante, ésa es la religión y hay un montón de profetas.