Punto de Fisión

Negacionistas made in Aguirre

La expresidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, interviene en la inauguración de su retrato, en la Real Casa de Correos, a 30 de mayo de 2022, en Madrid (España).- EUROPA PRESS

Los negacionistas de hechos incontestables tienen su santo patrón en San Pedro, un apóstol que negó ser colega de Jesucristo tres veces y lo hubiera negado quince si le hubiera hecho falta. En los últimos tiempos el negacionismo ha ganado millones de adeptos porque para negar un hecho no hace falta más que un poco de tozudez y mover la cabeza de un lado a otro, mientras que para afirmar el mismo hecho la cabeza hay que moverla también, sí, pero por dentro. Desde gente que niega que hayamos llegado a la Luna a gente que reniega de la eficacia de las vacunas, el movimiento se ha extendido en una serie de campos que parecían inéditos hace sólo unas décadas. Gracias a la flexibilidad de las vértebras cervicales y a que se trata de una especialidad que no necesita estudios, hemos visto sucederse unos tras otros a negacionistas del coronavirus, de la nieve, de los volcanes, del clítoris, de la corrupción política y de la redondez de la Tierra.

Hasta el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se ha sumado estos días a una corriente negacionista concreta, la que niega la culpabilidad de Chaves y Griñán en el caso de los ERES. Es verdad que en el PSOE son muy forofos de lo suyo, un fenómeno que Sánchez conoce de primera espalda, cuando lo apuñalaron en Ferraz a base de dimisiones, allá por septiembre de 2016, y sobrevivió de chiripa tras una milagrosa transfusión de los militantes. Pero hacen falta unas gafas de cemento y unos ojos de piedra pómez para no ver la responsabilidad de los altos directivos andaluces en un saqueo institucional que movió cientos de millones de euros. "Están pagando justos por pecadores", ha dicho Sánchez en ese lenguaje bíblico que suelen utilizar los políticos cuando quieren transformar el agua en vino y lo que sale es meado de burro.

Negar la evidencia de una trama de corrupción generalizada requiere no sólo un enorme fardo de fe sino también la creencia de que los dirigentes bajo cuyas narices se coció el guisote durante décadas eran almas benditas, ciegos por parcelas o tontos de la baba incapaces de sumar dos y dos, no digamos ya de llevar las riendas de un gobierno autonómico. El PP madrileño ha llevado a la perfección este sistema de no oír, no ver y no oler las toneladas de porquería propia, tal vez porque lo llevan practicando desde siempre y se entrenan en su propia liga con el PP gallego, el valenciano y el mallorquín.

Entre la Gürtel, la Púnica, Lezo, los volquetes de putas, los altillos de doble fondo, las mordidas, los hospitales desguazados, los maletines de dinero negro y las obras faraónicas inútiles, resulta asombrosa la capacidad del votante madrileño no sólo para tropezar treinta veces seguidas con la misma bosta de dinosaurio sino para tragársela entera y creer que es chocolate. En el PP madrileño han conseguido incluso parafrasear a De Quincey mediante una paradoja que podría formularse así: se empieza por cometer un pequeño genocidio de ancianos en las residencias y se termina por mangar botes de crema en el Eroski.

Detrás o encima o delante o debajo de toda estas trapacerías y rapiñas se encuentra la figura de Esperanza Aguirre, una mujer que, igual que Griñán o Chaves, no vio nada ni se enteró de nada durante decenios, una rubia de bote profesional a la que engañaron, según confesión propia, los mismos colaboradores que ella había ido escogiendo a dedo. La diferencia con Chaves y Griñán es que Aguirre posee la facultad de caer en un lago de mierda y emerger haciendo esquí acuático tirada por una motora judicial, vestida de princesa, saludando al personal y sin una sola mancha. Da igual que atropelle a un agente de movilidad o que le crezcan Goyas en la pared del salón como si fuesen setas. El otro día la invitaron de tertuliana a Todo es mentira (programa cuyo título en cuanto ella abrió la boca se transformó en una ley matemática) y le dio por reírse también el cambio climático. No es la única lumbrera de su partido que piensa que lo del calentamiento global se arregla con el mando del aire acondicionado.