Punto de Fisión

Cuatro reyes y un funeral

Captura de video de los reyes de España, Felipe VI y Letizia, junto a los eméritos, Juan Carlos y Sofía, en el funeral de Isabel II en la abadía de Westminster, en Londres. EFE/RTVE
Captura de video de los reyes de España, Felipe VI y Letizia, junto a los eméritos, Juan Carlos y Sofía, en el funeral de Isabel II en la abadía de Westminster, en Londres. EFE/RTVE

Habría que remontarse a los funerales de Stalin, o incluso a los de Gengis Kan, para encontrar un fervor mortuorio semejante al desatado por la muerte de Isabel II de Inglaterra. El 8 de marzo de 1953 más de un centenar de personas murieron y miles fueron pisoteadas y heridas en un tumulto provocado en la calle Puskhin por el gentío que quería rendir su último adiós al dictador soviético. El gran pianista Sviatoslav Richter recordaba haber sido convocado a toda prisa desde Tiflis y haber viajado él solo en un avión de pasajeros cargado hasta los topes de coronas fúnebres. Stalin acaparó todas las flores y ramilletes disponibles hasta el punto de que la treintena de deudos que acompañaba el ataúd de Serguéi Prokófiev (quien tuvo la mala suerte de morirse el mismo 5 de marzo) no pudo comprar una sola corona en todo Moscú.

En cuanto al caudillo mongol, la leyenda cuenta que falleció en Egipto y que en el traslado del cadáver hasta su lugar de nacimiento, en Mongolia, una comitiva fúnebre encabezada por un millar de soldados iba decapitando a cualquiera que se encontrara por el camino al grito de: "Ve y acompaña a tu señor". Aparte de esta cosecha imprevista, Gengis Kan fue enterrado junto a unos dos mil siervos que le ayudarían en el más allá y, para que nadie conociera jamás la ubicación de la tumba, todos los participantes en las solemnes exequias fueron sacrificados, incluyendo los caballos, los perros y todos los animales circundantes en varios kilómetros a la redonda. De manera que eso de que la soberana británica ha disfrutado del mayor funeral de la historia, hay que matizarlo mucho.

Eso sí, da que pensar que para comparar las colas de casi cinco kilómetros y el luto mundial y unánime, haya que remontarse diez siglos atrás, hasta los fastos funerarios asiáticos del mayor conquistador de todos los tiempos. Eso sí, con Isabel II no ha hecho falta que cortaran cabezas a su paso: para eso estaban las televisiones de medio mundo retransmitiendo la matraca de una ceremonia tan pomposa y ridícula como inútil, para que no quedara un solo cerebro sano después de semejante empacho de necrofilia. Desfiles, penachos, banderas, catafalcos, crespones, toda esta espantosa celebración fúnebre resulta una perfecta contradicción de aquella enseñanza evangélica: "Deja que los muertos entierren a los muertos".

Más de medio siglo después de su defunción, el Imperio Británico tenía que certificarla mediante un aparato y un exceso que no dejaran lugar a dudas: primero, James Bond, y ahora Isabel II, que había sobrevivido al agente secreto menos secreto del mundo sólo para demostrarle quién era el peón y quién la reina. En el delirante encaje de bolillos de intentar cuadrar más de dos mil invitados de primera clase, se produjo la asombrosa conjunción planetaria de reunir en un mismo plano a los reyes de España y a los ex reyes de España: Felipe y Letizia, más serios que un infarto, y Juan Carlos y Sofía, descojonándose en un momento dado como si no hubiera pasado nada. Llevaban dos años y pico sin verse, y después de tantas cornamentas, tantos disgustos y tantas Corinnas, quizá ya era tiempo de reírse, una risa que a los expertos en protocolo les va a costar descifrar un huevo y medio, pero que a lo mejor sólo quiere decir "el muerto al hoyo y el vivo al bollo".

Mantener ante el mundo la farsa de un matrimonio hecho milimétricamente pedazos es la triste tarea de Doña Sofía desde hace decenios, pero en eso consiste la misión de su vida y a ella está entregada en cuerpo y alma. En cuanto al rey Juan Carlos, ha aprovechado bien la jugada, este breve paréntesis funerario en la Abadía de Westminster, para demostrar que sigue a rajatabla la canción de Vicente Fernández:

Con dinero y sin dinero,
yo hago siempre lo que quiero,
y mi palabra es la ley.
No tengo trono ni reina,
ni nadie que me comprenda,
pero sigo siendo el rey.

Este pequeño entremés hispánico ha sido el contrapunto cómico en medio de unas exequias demasiado británicas y demasiado solemnes. Ni Stalin ni Gengis Kan: García Márquez ya había previsto todo esto en Los funerales de la Mamá Grande, un cortejo tan pletórico que, después de clausurado, el pulso de la vida podía seguir su curso, aunque es verdad que a las honras fúnebres por la soberana de Macondo había acudido hasta el Papa.