Punto de Fisión

No nos defraudes, Toni

Toni Cantó en Marzo de 2022 en la Real Casa de Correos.- Carlos Luján / Europa Press
Toni Cantó en Marzo de 2022 en la Real Casa de Correos.- Carlos Luján / Europa Press

Cada época imagina a la Muerte como puede, unas veces disfrazada de hombre, otras de mujer; unas veces con guadaña, otras con capucha. Últimamente yo la veo como Toni Cantó, que va por ahí exterminando partidos políticos, chiringuitos personalizados y cadenas de televisión alternativas a fuerza de sonrisas. Toni no tiene que esforzarse mucho, le basta con hacer acto de presencia, firmar un contrato, estrechar unas cuantas manos, sonreír un poco y el proyecto se va a la mierda sin remisión. Es entonces cuando me imagino a Toni depilado hasta las cejas y enfundado de negro de la cabeza a los pies, caminando por la orilla de una playa lúgubre.

En efecto, la primera imagen de la Muerte que tengo grabada a fuego en la cabeza es la de Bengt Ekerot, el gran actor sueco que acepta una partida de ajedrez con Max von Sydow en El séptimo sello, una de las películas capitales de la historia del cine. Nunca olvidaré su aparición fantasmal al borde de un océano desportillado, ni la secuencia en la que sierra un árbol donde un hombre se ha subido a intentar pasar la noche. Si bien podría compartir con su ilustre colega sueco la simpatía por la familia de cómicos (en recuerdo de las collejas cariñosas de la Sole en Siete vidas), no resulta fácil imaginar a Toni jugando al ajedrez: más bien al Scattergories o a la taba.

La Muerte es un papel que exige mucha dedicación, lo sé porque yo lo interpreté en mi juventud, en los años en que cobraba recibos de entierro para una compañía de seguros que llevaba el poético nombre de "Finisterre". Llamaba al portero automático y cuando decía el nombre de la compañía a modo de abracadabra, la señora solía responder entre exclamativa y contrariada: "¡Los muertos!" Era una metonimia perfecta, aunque a veces me daba por corregirla, al explicar a la señora que los muertos eran ellos, los que estaban pagando el entierro a plazos, no el pobre cobrador que iba recaudando el dinero puerta a puerta. Pero algunas eran tan recalcitrantes que al final me daba lo mismo y al responder por el telefonillo, yo replicaba incólume: "Los muertos". Total, para qué perder el tiempo con explicaciones. Embarcado en su Finisterre personal, Toni debería adoptar esa coletilla a la hora de presentarse a cada nuevo trabajo:

-¿Quién es?

-Los muertos.

Después de hundir UPyD, después de hundir Ciudadanos, Toni pudo habernos hecho el favor de hundir también el PP, pero Ayuso anduvo lista de reflejos y lo vetó en las listas, dejándole únicamente la Oficina del Español en Madrid, por aquel entonces, una capital asediada por el suajili y el rumano. Tuvimos suerte de que se cargara sólo la Oficina y no el idioma, porque vete a saber si ahora no estaríamos hablando euskera. Luego lo ficharon en 7NN (un canal de ultraderecha que hacía que Intereconomía pareciera El Show del Che Guevara) y la pobre televisión facha se fue a pique en un decir Jesús. En su día pronostiqué que deberían contratarlo como asesor de la Casa Real o estratega de Putin, pero al final ha sido Antena 3 la que, desafiando el maleficio, se ha atrevido a ponerlo de tertuliano con Susanna Griso. A partir de ahora Espejo público debería llamarse Espejo impúdico, o mejor, El séptimo espejo. En su primera entrevista confesó que él no se considera de derechas sino de centro y la verdad es que, defendiendo a Vox, se lo veía muy centrado. No nos defraudes, Toni.

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