De cara

Forlán y los riesgos de un aplauso fácil

No está mal que un futbolista de acreditada falta de compromiso por una vez se dibuje comprometido. Que para atender un episodio trascendental del equipo que le paga aplace sus vacaciones. Eso sí, justo después de aplazarlas a su vez por cumplir con Uruguay, a quien (salvo en amistosos no negociados a su gusto) nunca falla. Un gesto simbólico más que efectivo (quizás hoy en la vuelta, tras una semana de entrenamientos, el Atlético se beneficie más de su rendimiento), pero interesante en todo caso como guiño hacia un propósito de enmienda.
No parece tan inteligente, sin embargo, el agradecimiento excesivo demostrado por la hinchada. A su conocida generosidad en el aliento, la grada unió el jueves el despecho por el dolor infinito generado por el Kun y se volcó por efecto rebote en el "uruguayo, uruguayo": el mismo futbolista del que se hartó el curso pasado por su desinterés, su deslealtad y sus menosprecios al escudo. No ocurrió nada desde el insulto de mayo al elogio de agosto, sólo una gesta con otra camiseta (lo que abunda en la tesis de que rinde a capricho), pero el Calderón se entregó a coro a Forlán.

Y así, con un aplauso tan fácil, no es sencillo que un jugador se sienta exigido, mucho menos uno de por sí sospechoso. Son los gestores (y sus entrenadores) los que desataron la sensación de barra libre en el club y también los principales responsables de volver a imponer la exigencia. Pero la grada no debe desmarcarse.
Su aliento es tan bienintencionado como peligroso. Porque el conformismo indiferente de un futbolista, mal crónico que el Atlético no se quita de encima, se fomenta a menudo con carantoñas desenfocadas. O injustas. El jueves, Raúl García fue abucheado. Su pecado, jugar mal, muy mal. Pero nunca cruzarse de brazos, una actividad más frecuentada por ese señor de la melena rubia al que hoy renuevan las caricias. Y a lo mejor así Forlán vuelve a los goles y los sudores. Pero a lo peor regresa a las andadas.