Del consejo editorial

Los guapos, a la FP

MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

Me temo que muchos españoles no se han librado todavía del prejuicio de que ganarse la vida trabajando honradamente con las manos es una maldición bíblica. No es que sigamos en la época del hidalgo hambriento, incapaz de mover un brazo para ganarse el pan. Tampoco somos ya un país de funcionarios y truhanes, sin más alternativas que vivir del servilismo o de la picaresca. Pero parece que todavía no nos hemos dado plena cuenta de ello.
La cosa viene de antiguo. Según dice la crónica negra, durante la época de nuestro católico imperio, primero expulsamos a los judíos, que eran los que sabían de cuentas y medicinas; luego echamos a los moriscos, que conocían los oficios y la agricultura. Y nos quedamos solos con la carne de cañón y los soldados de fortuna, gracias a los cuales conquistamos medio mundo.

Pero lo peor es que, durante siglos, la mayoría de nuestros antepasados se tuvieron que dedicar a disimular para parecer nobles cristianos de sangre pura y rancia, ajenos por completo a los viles oficios con los que tenía que ganarse la vida el resto de la humanidad o a las peligrosas ideas de los infieles.

Creo que lo de las ideas ya está superado. Mal que les pese a los herederos de la Inquisición, que alguno queda, la cultura del país hace tiempo que ha incorporado los principios del pensamiento libre y de la filosofía especulativa y desenfrenada. Somos uno de los países con más estudiantes universitarios en términos relativos. Y somos, además, un país bastante igualitario, donde el acceso a los estudios superiores no se ve inexorablemente limitado por las circunstancias económicas, geográficas y sociales de las familias de los estudiantes. Así que ya hemos logrado que cualquiera de nuestros hijos pueda llegar a ser abogado, médico, ingeniero, profesor de Filosofía o aguerrido periodista. Desde la transición democrática, hemos formado casi dos generaciones de jóvenes bien alimentados, esbeltos, bastante políglotas y cosmopolitas.

Pero nuestro sistema tiene aún una asignatura pendiente. Necesitamos jóvenes capaces de desempeñar oficios prácticos, pero crecientemente complejos. Cuando salgamos de la crisis en la que nos ha metido una cuadrilla de tahúres de la economía y las finanzas, necesitaremos profesionales cualificados para desempeñar de forma eficaz competencias técnicas en la nueva economía basada en la innovación. Para tener éxito en este empeño, tendrá que cambiar la cultura del país. Durante demasiados años (siglos), nuestro sistema de enseñanza ha estado excesivamente sesgado hacia el academicismo y va siendo hora de que se incorporen a él visiones más prácticas. Nuestra sociedad sigue viendo la formación profesional como una segunda opción indeseable. Y eso tiene que acabar.

Ya está cambiando. El Gobierno ha puesto en marcha iniciativas interesantes orientadas a la integración del sistema de formación de profesionales y el sistema académico, o al reconocimiento académico y profesional de la experiencia práctica adquirida fuera de las aulas (incluida la adquirida en el seno del hogar: ¡ya era hora!). Esperemos que con todo esto cambie para siempre la vieja tradición del hidalgo hambriento y que, en el futuro próximo, cuando salgamos de la crisis, podamos constatar que se ha consolidado un importante cambio cultural: los guapos y los listos prefieren la FP.

Miguel Ángel Quintanilla Fisac es Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia