Del consejo editorial

¿Por qué no gusta Bolonia?

JORGE CALERO 

El Proceso de Bolonia de reforma de la educación superior está generando en los últimos meses el rechazo cada vez más explícito de los estudiantes españoles. Otro colectivo relevante de la educación superior, el de los docentes, ha mostrado, en general, un entusiasmo claramente descriptible por el proceso. De hecho, resulta razonable sospechar que parte del rechazo de los estudiantes se ha originado en un rechazo previo de los docentes.
¿Por qué no gusta Bolonia? ¿Qué es lo que ha provocado la resistencia que ha ido enquistándose en la universidad española?

En mi opinión, el motivo fundamental es la vinculación del proceso de Bolonia con dos elementos adicionales que originariamente (tal y como se definió en 1999) no están en el núcleo del proceso. Este consiste esencialmente en la formación de un Espacio Europeo de Enseñanza Superior. Los dos elementos adicionales a los que me refiero son la modificación de las metodologías docentes y un incremento en la mercantilización de la educación superior. Con respecto a este último, resulta opinable su incidencia real, pero, de cualquier modo, está tan extendida la idea que difícilmente se puede separar ya del discurso del rechazo a Bolonia.

El núcleo del proceso, el Espacio Europeo de Enseñanza Superior, no ha provocado rechazo ni en estudiantes ni en docentes: homologación de títulos, mayor capacidad de movilidad durante los estudios y, después, en el mercado de trabajo, son procesos muy bien aceptados. La cuestión cambia cuando hablamos de la modificación de metodologías docentes. El nuevo enfoque fue recibido con un cierto interés por los docentes, pero ha supuesto una muy considerable cantidad de cambios en sus actividades, que se producen tras un periodo de 20 años durante los que las reformas en la profesión han sido numerosas y profundas. La aplicación de las nuevas metodologías, además, supone más trabajo, y se ha realizado, hasta el momento, a coste cero y en un contexto de importantes dificultades financieras para las universidades (aunque el ministerio ha destinado recientemente una financiación específica). El interés inicial ha ido cediendo el paso a un cierto escepticismo y desapego por parte de los docentes. Del mismo modo, los estudiantes se muestran ahora muy poco entusiastas al respecto. Los grupos experimentales de adaptación al crédito europeo no son especialmente valorados. Los estudiantes ven, por ejemplo, que las condiciones de docencia en términos de tamaño de los grupos muy a menudo no han mejorado.

En cuanto a la mercantilización que pueda conllevar el proceso de Bolonia, los dos factores más criticados son, por una parte, el énfasis en la formación de profesionales orientados a la empresa y, por otra, la nueva oferta de másteres oficiales, con precios subvencionados pero más elevados que los correspondientes a las actuales licenciaturas. En este caso, han sido los estudiantes quienes más han rechazado estos elementos de la reforma. El desprestigio adicional que, de forma genérica, han sufrido los mercados en los últimos meses no ha ayudado a mejorar la situación.
Se han pretendido cargar, en España, demasiadas reformas a las espaldas del proceso de Bolonia. El discurso sobre Bolonia se ha ido saturando con tanto ruido que finalmente se ha generado un rechazo in extenso. Probablemente el éxito del proceso en los próximos años dependerá de cómo podamos ir aislando cada elemento del resto.

Jorge Calero es Catedrático de Economía Aplicada