Del consejo editorial

La inmigración latina en EEUU

ANTONIO IZQUIERDO

Un concepto no hace identidad, pero ayuda a reconocerla. Nos hemos acostumbrado a utilizar palabras estériles que no alumbran lo vivo. Ocurre también con las identidades que comparten un milímetro y esconden diferencias kilométricas. Digámoslo, no es lo mismo inmigrante que latino. Hay inmigrantes legales e ilegales y, por así expresarlo, latinos por fuera pero gringos por dentro.
Estos días se manifiestan por el enjambre urbano de Los Ángeles los inmigrantes hispanos. Empuñan
cruces blancas en recuerdo de los muertos que fallecieron al atravesar la frontera entre México y los Estados Unidos de Norteamérica. Esa marcha no anticipa la concentración delante de la Casa Blanca convocada para el próximo 21 de enero. ¿Van a ir los inmigrantes hasta Washington? No se engañen,
los manifestantes no serán los mismos. Los angelinos son inmigrantes legales con parientes en el sótano, y los washingtonianos serán grupos de presión latinos. Los primeros no pueden votar, mientras que los latinos han decidido la elección en varios Estados.
La diferencia me saltó a los ojos en la Convención Nacional de La Raza celebrada en San Diego allá por el mes de julio. Allí se cruzaban dos filas. La de los que pagaban 600 dólares por entrar en la sala donde iban a hablar un día Obama y al siguiente McCain y la de los parias que entraban gratis en una nave repleta de ofertas publicitarias. La vestimenta los delataba. Ni siquiera tenían en común el idioma. Los primeros usaban el inglés y los segundos hablaban en español. Aparentemente iban en dirección contraria,
aunque quizás sólo sea una cuestión de tiempo que tomen el
mismo camino.
Los latinos proceden de diferentes países americanos y no son propiamente inmigrantes, sino, en su mayoría, descendientes y nacionalizados. Su aspecto es el de las clases medias pudientes y variadas. Abogados, médicos, artistas, militares o empresarios. Es cierto que, por su origen, arrastran algunos hándicaps que entorpecen su ascenso social, pero lo más importante es que su conducta electoral tiene un peso creciente que se van a cobrar ejerciendo más poder político.
Los inmigrantes trabajan como carpinteros, pintores, camareros, jardineros, limpiadoras o cajeras en los supermercados. Exigen el cese de las redadas y de las deportaciones. ICE (Immigration Customs Enforcement) expulsó de Estados Unidos a 277.000 inmigrantes en 2007. Miles de estas personas no fueron deportadas por ser criminales, sino por faltar a la cita con un juez de inmigración o estar trabajando sin contrato. Piden una reforma que libere la cuestión migratoria de la represión y calme el clima antiinmigrante. A los manifestantes angelinos les duele la separación familiar, los millones de irregulares y el muro.
Concluyendo, hay inmigrantes y ciudadanos de origen inmigrante. Los primeros no deciden en la vida pública, mientras que los segundos son protagonistas y ambivalentes. Ambos comparten el rechazo a las redadas pero discrepan respecto de la legalización de los indocumentados. A los latinos la memoria todavía les impide actuar como antiinmigrantes, si bien, de la identidad confusa a la intransigencia del converso, sólo hay que dar un paso.

Antonio Izquierdo es Catedrático de Sociología