Coches eléctricos, sin nucleares

 

CARME MIRALLES-GUASCH

El sistema de transporte de las ciudades tiene que cambiar. Tarde o temprano, con más o menos aciertos, la cantidad de coches que circulan por las calles y por las carreteras metropolitanas tendrá que disminuir. Es una imagen que parece inverosímil, pero lo es en la misma medida en que a nuestros abuelos les parecía impensable que las calles se llenaran de ellos. Hace unos días, el comisario europeo de Transportes, Siim Kallas, presentaba una nueva estrategia para la movilidad en las ciudades y con ella anunciaba que los automóviles de gasolina y diésel tendrán que desaparecer. Y aunque la fecha parece lejana, en el año 2050, y podríamos pensar que más que una directiva europea parece un encargo a las generaciones futuras, lo que nos debe interesar es en la dirección en la que apunta. Que tenemos que disminuir la contaminación urbana parece indiscutible, y que ello requiera reducir las emisiones del transporte, incontestable. El problema se presenta cuando buscamos alternativas, pues parece que estas sólo suponen sustituir una energía por otra, la gasolina por la electricidad. Coches con energía fósil por otros eléctricos.

Pero la cuestión ni es tan fácil ni tan lineal, pues la electricidad que tiene que cargar las baterías de los automóviles tiene que generarse en algún lugar. Tiene que crearse del carbón, de las renovables o de la energía nuclear. Y con lo que está pasando en Japón y sus consecuencias políticas en Alemania nadie se planteará incrementar el número de centrales nucleares porque nuestro parque automovilístico lo requiera. Sería cambiar los riesgos del CO² por otros. Y en las circunstancias actuales esto es impensable. Las alternativas no están sólo en sustituir unas energías por otras, sino en incidir en las características de los desplazamientos cotidianos por nuestras ciudades. Durante el siglo XX hemos moldeado los recorridos urbanos para que en ellos el automóvil fuera insustituible. A partir de ahora tenemos que hacer el recorrido al revés: tenemos que planificar nuestros desplazamientos sin el automóvil. Y ahí las alternativas son múltiples y atañen a los transportes y también al diseño de las ciudades. El problema está aquí, el reto es nuestro.

Carme Miralles Guasch es profesora de Geografía Urbana