Del consejo editorial

La lección de Fukushima

MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA

Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia

Hace siete años, la geóloga Leuren Moret publicaba un artículo en The Japan Times sobre la seguridad de las centrales nucleares. En él denunciaba múltiples errores, fallos y mentiras de la industria nuclear y del Gobierno japonés, y dejaba para la posteridad esta premonición que, leída ahora, produce escalofríos: "La cuestión no es si en Japón se va a producir o no un desastre nuclear; la cuestión es cuándo se va a producir". Ahora ya sabemos la respuesta.
Es cierto que el accidente de Fuku-
shima es resultado de una sucesión de desastres naturales de una magnitud extraordinaria, e incluso que todavía podemos felicitarnos de que la catástrofe no haya sido mayor. Pero lo importante es saber si las cosas podían haberse hecho de otra forma y qué debemos hacer para que no vuelvan a suceder. Desde luego, el desastre nuclear en Japón no se ha producido por falta de conocimientos ni de capacidades para hacer las cosas mejor (no poner centrales nucleares en zonas sísmicas, no situar las instalaciones a suficiente altura sobre el nivel del mar, no prever sistemas de emergencia eficaces en casos de catástrofes naturales). Simplemente lo que faltó fue un juicio correcto al ponderar los riesgos que se asumían al tomar las decisiones que se tomaron en su día. Pero me pregunto si el juicio sobre riesgos de la industria nuclear puede ser correcto si debe estar supeditado, en todo o en parte, a los intereses económicos de una empresa privada. Debe haber otra forma de hacer las cosas. Por ejemplo, la gestión de las centrales nucleares, desde su diseño hasta su cierre, y durante todo su funcionamiento, debería estar en manos de un cuerpo de especialistas, pagados con fondos públicos y juramentados, como los monjes de otras épocas, para gestionar el ciclo de la energía nuclear atendiendo tan sólo a los más altos estándares de seguridad y a los intereses de la sociedad y los ciudadanos. Para ello ni siquiera sería preciso expropiar las centrales nucleares. Bastaría con nacionalizar su gestión (una solución, por cierto, que seguramente el propio Gobierno japonés tendrá que adoptar en Fukushima en los próximos días).
La lección de Fukushima no es sólo que lo nuclear es peligroso, sino que la gestión del peligro nuclear es demasiado importante para dejarla a merced de intereses económicos.