Del consejo editorial

Las plazas y el día siguiente

PERE VILANOVA

Catedrático de Políticas

En estos últimos días, el debate sobre qué deben o van a hacer los acampados en las plazas ha ido evolucionando en varias direcciones. De conversaciones con estudiantes de carreras distintas (el matiz tiene su importancia), uno ha podido sacar varias conclusiones, más bien de tipo coyuntural, pues tienen que ver sobre todo con el corto y el medio plazo que con las cuestiones estructurales que dicho movimiento ha planteado en estas semanas. Dichas conclusiones son relevantes en la medida que vienen de personas que forman más o menos el "público natural" de las plazas ocupadas. No de los que se quedan a dormir o están allí de modo permanente, pero sí claramente de los que han contribuido a algunos llenazos sonoros, como el que siguió a la carga policial de Barcelona.

En primer lugar, da la sensación de que en estos momentos el tiempo no corre a favor de seguir en las plazas, pues limitar el debate a "seguir o no seguir acampados" equivaldría a admitir que eso –estar en la plaza– sería la agenda principal, el programa político del movimiento. De modo que más bien parecería deber orientarse a cómo continuar la acción de otra manera y con otras formas, precisamente para no agotarse por erosión.
En segundo lugar, una vez más se plantea el tema de la compleja relación entre la "opinión pública" (lo que dicen los medios que piensa la gente), y la "opinión publicada" (que se refiere a lo que dicen algunos opinadores, sean políticos, especialistas, o incluso portavoces del propio movimiento), y que muchas veces tienen una representatividad social limitada.
Y en tercer lugar, el capital social que ha tenido la movilización, y que como en todo movimiento social, nace, crece, alcanza picos, sube y baja, y en última instancia tiene que gestionar su haber en términos de influencia para cuando llegue el reflujo. En otras palabras, conseguir poner en la agenda social –y en la de la clase política y los medios de comunicación– cuestiones que hasta entonces no estaban. Pero seguir en la plaza cueste lo que cueste y sin fecha podría concluir en contar cada día cuánta gente menos acude a la cita que el día anterior. Fue una conversación muy aleccionadora.